Química retrógrada

Cuando pulsó el botón de su máquina, el tiempo empezó a rejuvenecer y a ganar lozanía. De un solo golpe, su humildad quedó destrozada; se infló de un orgullo que absorbió todos los pecados del mundo. El aire retrocedió ante su cuerpo. Las paredes respiraron olores olvidados. Phillips sintió que el futuro se le desprendía del cuerpo como una piel enferma.

Había construido la máquina del tiempo con restos, con planos robados al sueño y a la desesperación. Nadie creyó en él. Tampoco importaba ya. Estaba decidido a corregir una sola grieta en la historia, una mínima desviación que, según sus cálculos, devolvería a su familia el nombre, la casa y la dignidad perdidos en la Gran Depresión. No pedía más. Eso creía.

Llegó a Londres en 1928, a un hospital que olía a desinfectante débil y a pobreza antigua. Entró al laboratorio de Alexander Fleming como un fantasma que ya conocía el camino. Tomó las placas de Petri donde un moho verdoso había decidido, por error, salvar al mundo. Las guardó con cuidado, como quien transporta un cáliz sagrado.

Viajó luego al norte, a la casa de su abuelo. El jardín estaba cercado por una reja oxidada y las paredes se cocían al sol. Quería que él desarrollara el antibiótico que le había costado a la humanidad diez años. ¿Por qué esperar? Sabía que había sido un químico destacado, según le había contado su madre. El hombre era más pequeño de lo que recordaba, con manos nerviosas y una voz hecha de excusas, cuando su desconocido nieto miró el desorden dentro de la casa. Dudó, pero ya estaba hecho. Phillips le habló de fermentaciones, de extracción, de purificación. Le contó del futuro con la precisión de quien ha visto morir a millones. Su abuelo lo escuchó con una sonrisa tensa.

—Estás loco —dijo—. Deja eso ahí. Veré qué puedo hacer.

Phillips no podía quedarse. El tiempo le robaba las defensas. Cada salto le dejaba el cuerpo más abierto al mundo, como una herida sin costra. Al salir, la reja le rasgó la mano. Sangró. Un hombre quiso ayudarlo y, en su intento, también se lastimó, sangrando. Se dieron las manos enrojecidas. No se dijeron nada. El pasado nunca pregunta.

Cuando volvió, el mundo estaba torcido. Las ciudades eran más silenciosas y exiguas. Los hospitales, cementerios lentos. Hacía años que una infección sin nombre había barrido continentes enteros. No hubo guerra. No hizo falta. La humanidad se había ido apagando sin orgullo, como una lámpara sin aceite.

Buscó a su abuelo en los registros. Encontró una botica. Encontró mentiras. Nunca fue químico. Nunca abrió las placas. Debió tirarlas a la basura. También leyó sobre la enfermedad que mató a medio mundo. No la conocían como SIDA.

Poco a poco, Phillips fue víctima de una terrible infección. Entró a una farmacia. No había antibióticos. Nadie conocía esa palabra. Sintió cómo las bacterias se lo comían con paciencia bíblica. Murió pocos días después, sin fiebre heroica, sin redención.

Corrigió la grieta equivocada, el mundo pagó el precio… y empezó a descomponerse en silencio.
El tiempo siguió su curso. No aprendió nada.


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Santiago Manuel de la Colina
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