El Señor Cuervo
Ágata hizo girar el pomo de la puerta enrojecida del consultorio del doctor Bates. Odiaba el Padauk. ¿A quién se le ocurría poner una puerta con el color de la sangre? Pudo haberla pintado de blanco, una cosa más aséptica, más de clínica como en el interior, ¿no? Dios, era una herida abierta. Sacudió la cabeza y la empujó con asco. Detrás de ella, entró su inseparable compañera de achaques, Amelia. Ambas rondaban ya los ochenta. Avanzaron hacia sus asientos favoritos en la sala de espera. Carla, la asistente, acomodaba en su escritorio una serie de carpetas azules de papel manila con expedientes clínicos. —Hola, queridas, muy temprano, como siempre — les saludó con un ligero pestañeo. Ágata suspiró al dejarse caer en la confortable silla que casi había tomado su forma. Palpó las patas. —A que mueble tan fiel, y eso que este fin de semana subí un par de kilos más— dijo levantando una de las piernas hinchadas debido a la retención de líquidos. Era una mujer grande, ancha como un monolito...