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El Señor Cuervo

Ágata hizo girar el pomo de la puerta enrojecida del consultorio del doctor Bates. Odiaba el Padauk. ¿A quién se le ocurría poner una puerta con el color de la sangre? Pudo haberla pintado de blanco, una cosa más aséptica, más de clínica como en el interior, ¿no? Dios, era una herida abierta. Sacudió la cabeza y la empujó con asco. Detrás de ella, entró su inseparable compañera de achaques, Amelia. Ambas rondaban ya los ochenta. Avanzaron hacia sus asientos favoritos en la sala de espera. Carla, la asistente, acomodaba en su escritorio una serie de carpetas azules de papel manila con expedientes clínicos. —Hola, queridas, muy temprano, como siempre — les saludó con un ligero pestañeo. Ágata suspiró al dejarse caer en la confortable silla que casi había tomado su forma. Palpó las patas. —A que mueble tan fiel, y eso que este fin de semana subí un par de kilos más— dijo levantando una de las piernas hinchadas debido a la retención de líquidos. Era una mujer grande, ancha como un monolito...

La bandeja

Llevamos ya media hora esperando y nadie ha salido ni ha entrado por la puerta. He estado todo el rato scroleando, mientras echaba un ojo disimuladamente a los demás. Somos diez personas. La sala es bastante grande, afortunadamente, porque odio esos sitios donde te hacen esperar pegado a un completo desconocido. Cuatro están haciendo lo mismo que yo. Hay una señora con un libro y dos personas con portátil. Sólo dos no están haciendo nada. Pero, uno de ellos ha estado hasta hace un momento hablando con su madre por teléfono. Como es el que más cerca tengo, sé que se llama Ángel. Se oía la voz de su madre con bastante claridad. De pronto, se abre una puerta lateral, en la que no me había fijado antes. Una mujer muy seria sale con una bandeja muy grande y la deja en la mesa del centro. Ángel se levanta y le interpela: "¿Esto va a tardar mucho? Llevamos ya más de media hora esperando. Todos. No ha entrado nadie. No tiene sentido." La mujer sonríe con poca efectividad y contesta: ...

Tulipanes rojos

Al otro lado del cristal el hombre en bata blanca y mascarilla por debajo del mentón toma nota de quienes vamos llegando. Ningún paciente necesita acreditar que es quien dice ser: el paciente. El cartel que ya nadie lee, reza en mayúsculas "Esta no es la ventanilla de información". No importa. Enfermos o acompañantes, todos preguntan. El tiempo se pone en marcha, inquieto, lento, monótono. La enfermera me llama; el apellido, como siempre, a medias. Hace tiempo que no reivindico mi nombre completo. Solo Hacienda sabe cómo me llamo, sin errores… - primero hay que ponerle una vía -me dice - luego tendrá que esperar unas horas, pueden ser 4,5…, depende…" Como aquella no es la ventanilla de información no me atrevo a preguntar de qué depende, ni si puedo comer ni si puedo beber ni si me puedo ir a casa y ya volveré… La sala de espera está vacía. Apenas he abierto mi libro entra una anciana, flaca, menuda. Intento leer. No he acertado con la novela. Me aburre. Tampoco quie...

Redondear rincones

Pedro odiaba los fines de semana, pero hoy era lunes y ya estaba sentado en la sala de oncología, esperando a ser llamado. Al entrar, como siempre, se puso la mascarilla y buscó el lugar donde sabía que había mejor cobertura. La sala de espera de oncología no era como el resto de salas de espera: era luminosa, había dos kentias y dos costillas de Adán que redondeaban los rincones, las puertas eran correderas y silenciosas al abrirlas y cerrarlas, sin estridencias, la luz era blanca, los colores de paredes, suelo y techo blancos, el personal sanitario silencioso y de blanco, el reloj de pared blanco con manecillas sigilosas que corrían lentamente. Fuera reinaba el desconcierto. Las otras salas de espera donde había estado no daban la talla. Pedro veía a sus compañeros de espera y los clasificaba por sus expresiones. Los había incrédulos: ojos que no aguantan la mirada; furiosos: ojos que se hincan y escuecen; deprimidos: ojos que no miran, espejos vacíos; y había miradas para las que n...

El ojo de la furia

Al salir de los laboratorios, el cielo se cerró sobre mi cabeza. Una bóveda de nubes lechosas descendió lentamente, concentrándose en un remolino vivo, semejante al ojo de un cielo enfurecido que palpitaba. No era así minutos antes, cuando fregaba el suelo del pasillo principal que hilvana los distintos laboratorios. Desde uno de los ventanales, el sol parecía sereno y diáfano, casi infantil: un ojo benigno de bienaventuranza. Pero al posar el pie sobre la loza que da al jardín de la entrada, las nubes se apiñaron, negras como buitres suspendidos sobre carne muerta. El guardia me abrió la puerta; al cruzar el umbral, comenzó a chispear, como si el aire hubiera empezado a sudar. Era la hora del almuerzo. Siempre camino hasta un café a dos manzanas. Sin embargo, mientras avanzaba, la lluvia arreció con una insistencia casi personal. Me refugié bajo el saliente de una boutique. Entonces advertí la rareza: las gotas caían solo en un radio estrecho —no más de quince metros— y yo ocupaba su ...

Ni en el casino

Todo empezó con una queja. El doctor Ferrer dijo que cada vez acudía más gente sin recursos a su consulta a mendigar atención gratuita. Se quejaba de que le esperaban en la puerta para abordarle y ponerle en situaciones incómodas. Que al principio eran discretos, pero que cada vez llamaban más la atención para forzarle a acceder por no verse inmerso en un escándalo. Varios asistentes asentían; algunos con comprensión, otros con indignación en sus rostros. Don Julián Aranda, concejal del ayuntamiento de la ciudad, tomó las riendas de la conversación para hacer notar la relevancia de su cargo. —Señores, demos gracias de estar reunidos en este magnífico casino donde podemos hablar libremente de los asuntos que nos preocupan, sin estar pendientes de las tensiones políticas que acechan al país en estos tiempos. A todos los médicos aquí presentes, todos reconocidos en su profesión, todos de familias respetables y demostradamente honorables; a todos os prometo que vuestras quejas serán ate...

Despertar soñando

Sentado en el sillón que le habían asignado y con el libro entre sus manos esperaba nervioso, e impaciente a que el presentador nombrara al ganador del Premio Planeta. Dos años de investigación y trabajo le había llevado escribir este libro, más, a la vez había sido un placer y un reto que se había propuesto a sí mismo, plasmando en un papel (entre ficción y realidad) los intereses y desajustes que se hacían, consciente o inconscientemente, hacia una destrucción de nuestro planeta. ¿A quién le podría gustar esta lectura? Pues sí, a más gente de la que él pensaba, porque allí estaba nominado entre los finalistas, eufórico de emoción a la espera del desenlace. Cuando mencionaron su nombre...Pletórico se levantó de su asiento hacia los escalones que le llevaban al escenario. Entre los vítores, aplausos y los flash de los fotógrafos...¡Despertó! Seguía sentado en su sillón, con el libro entre sus manos, en su bonito y solitario jardín, bajo la sombra de un enorme castaño. Allí escribió dur...

Teatro, puro teatro

Lo mejor de los ensayos era no ser quienes éramos. Arriba, en el escenario, yo dejaba de ser el alma atormentada que soy. Los personajes se adueñaban de nuestra voluntad, de nuestra libertad o de nuestros grilletes. Así vivíamos, como títeres, las vidas inventadas por otros. Todos los días de la semana, a excepción de los jueves, éramos nosotros mismos con nuestras miserias, mezquinos, solidarios, con nuestras torpezas y, a veces, con nuestros aciertos. Anhelábamos la llegada del jueves. Ese día olvidábamos los errores del pasado, las deudas del futuro, las inquietudes del presente. Durante unas horas disfrazábamos nuestro yo. Dejábamos de ser padres frustrados, vecinos molestos, amantes los martes, necios a diario... Y, así, como malabaristas, cada cual sacaba de la chistera un personaje. Unos días, a mí me tocaba ser la grosera Potajera, otros la ardiente Fany, la indomable Dorina o la mujer rencorosa de la fablilla. Aquellos personajes ajenos a nuestra realidad eran refugio seguro. ...

Clavados en él

Despedí a doscientas cincuenta personas, vuelvo con el todo terreno de estreno, enorme, cobro bien, mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Jorge, calvo, gordo y seboso, viste chándal dorado y conduce repitiendo mentalmente su mantra: mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Atraviesa el valle frondoso con su cochazo. Desde arriba, se imagina, se vería la carretera como una variz en la epidermis boscosa, y su coche y él serían como un trombo en dirección a una fábrica. Jorge conduce y sonríe, el traje de la percha colgado de la manija izquierda del techo rebota, parece que se va a descolgar, así que se gira para colocarlo bien y un golpetazo frontal activa los extras caros de seguridad del vehículo, que frena poco a poco manteniendo la dirección hasta pararse. Los airbags le han protegido, ha quedado encapsulado en mullidos almohadones que ahora se deshinchan. Vuelve el silencio tras el estruendo, vuelve a mirar al frente girándose sin dificultad y ve a uno...

Reto literario para el 5 de febrero de 2026: escribir un relato sobre un momento álgido

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