Redondear rincones
Pedro odiaba los fines de semana, pero hoy era lunes y ya estaba sentado en la sala de oncología, esperando a ser llamado. Al entrar, como siempre, se puso la mascarilla y buscó el lugar donde sabía que había mejor cobertura. La sala de espera de oncología no era como el resto de salas de espera: era luminosa, había dos kentias y dos costillas de Adán que redondeaban los rincones, las puertas eran correderas y silenciosas al abrirlas y cerrarlas, sin estridencias, la luz era blanca, los colores de paredes, suelo y techo blancos, el personal sanitario silencioso y de blanco, el reloj de pared blanco con manecillas sigilosas que corrían lentamente. Fuera reinaba el desconcierto. Las otras salas de espera donde había estado no daban la talla. Pedro veía a sus compañeros de espera y los clasificaba por sus expresiones. Los había incrédulos: ojos que no aguantan la mirada; furiosos: ojos que se hincan y escuecen; deprimidos: ojos que no miran, espejos vacíos; y había miradas para las que n...