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El relato que Santiago entregó mañana

Era temprano, tarde o noche… El sol no tenía cara para decirlo. En su memoria había nubes o velos, o lagañas en los ojos. Bruma tardía de un sueño aletargado expuesto a largas horas de consumo. Mente adornada de chispazos neuronales. Entonces, ¿qué son la conciencia o la memoria misma? Santiago no sabía si lo que tenía allí, ante sus ojos, era un relato o una forma de ganar tiempo. Tenía que entregar un texto al día siguiente al mediodía, como máximo. Los límites, después de todo, son una estela amarga. Eso era un hecho. Lo demás empezaba a volverse borroso en cuanto intentaba escribirlo. El ordenador tenía un rostro demasiado deslumbrante. Cerró los ojos. Aun así, el brillo le quemaba los ojos. Abrió el documento, escribió su nombre en la parte superior y lo miró durante unos segundos, como si no terminara de pertenecerle. Soy yo o no. ¿Qué dice un nombre? Un genérico. Santiago, ocho letras, una nada. Decidió usar la tercera persona. Era más fácil observarse desde fuera. Menos compr...

El último cumpleaños

Vanesa estaba muy segura y decidida, quería hacer lo que le salía del corazón y era no querer estar en ninguna otra parte que no fuera allí mismo a su lado. Unos días antes habían recibido aquella noticia tan desgarradora. A su marido le habían diagnosticado un cáncer de pulmón y mucho peor, metástasis en clavícula y cadera. Un cáncer en estadio IV, un horror. Él estaba casi un mes con un dolor fuerte en el hombro, muy cansado, pérdida importante de peso y en principio se pensó que era una simple tendinitis. Sus vidas se tambalearon con una sacudida espantosa. Ella había llorado desconsolada delante del médico, este era especialista en neumología y les habló aquella tarde, de algo de esperanza, de nuevos tratamientos, de la juventud de Ernesto, le preguntó si a sus cuarenta y nueve años estaba dispuesto a luchar y él contestó enérgico que sí, con todas sus fuerzas. Este mismo doctor nos derivó al oncólogo y la perspectiva cambió por que este se mostró menos posi...

La vergüenza

- ¡Rin, rin! Suena el despertador. Son las nueve; es pronto. Lo apaga. Fernando es un chico de primero de B.U.P. de los años ochenta, exactamente 1988. Tiene catorce años y había pasado de ser el niño tímido del colegio al chico tímido, pero popular, del instituto. Parece ser que una vecina veterana del instituto soltó la “bomba” de que su padre era un tipo fuerte de gimnasio y su madre una chica yeye rubia de ojos azules; en resumen, que como era hijo de “Barbie y Ken”. Iba camino a ser como los chicos de las revistas que todas llevaban en sus carpetas, cosa que nunca pasó, pero esto es de otra historia…Las chicas populares lo llevaban a la cantina a jugar a las cartas y los “malotes” querían ser su amigo para ligar con ellas. Fue desastre de trimestre: consiguió fama, un master en juegos de cartas y un millón de faltas de asistencia que sentenciaban su pena de muerte en casa. Algo tenía que hace. A la hora de comer, con su madre sonriente y su padre aún con el uniforme de Policía Na...

Yo estuve allí

El salón del restaurante estaba repleto. Repleto de gente trajeada, repleto de voces, de maquillaje, de olor a perfume caro. El protocolo lo exigía; ellos combinado de pantalón y chaqueta; ellas telas vaporosas, vestidos ceñidos las más, escotes atrevidos, las menos, en la muñeca, todos, la pulsera con la bandera patria. Los camareros, con sonrisa forzada, de grupo en grupo, se aseguraban de que no hubiese copas semivacías ni paladares segregando (que segregasen).Nadie los miraba. Los invitados cogían una copa, dos copas, tres…El bullicio iba en aumento. Las voces ensordecían. El alcohol también. La poderosa firma farmacéutica responsable del evento exigía que cada cual fuera portador de una tarjeta, una acreditación, lo llamaban , para acreditar que cada cual obedecía las consignas de la empresa: sumisión y rentabilidad , dos exigencias que les harían merecedores de sencillas contraprestaciones: degustación de exquisiteces gastronómicas, estancias en hoteles de lujo, (solos o acompaña...

En rosa

Quizá no sepamos nunca porqué María continúa escribiendo después de tantos años, de no haber ganado ningún premio ni el interés de ninguna editorial, ni haber pasado de unas ventas anecdóticas en sus dos libros publicados por autoedición. Pero, lo cierto es que sigue escribiendo, tanto poesía como relatos o pequeñas novelas. Tiene en proyecto y empezadas tres novelas más ambiciosas que no consigue terminar. “De momento”, eso dice en su cabeza. Porque no se rinde y cree que será capaz. ¿Por qué no se rinde? Quizá no sabe rendirse. Quizá se aferra a aquel encuentro. Quizá cree que fue un mandato, o una promesa o una premonición. Ella era joven, estudiante del Conservatorio de Música todavía, en Madrid. Cuando los días transcurrían entre estudio del instrumento, ensayos con los múltiples grupos de Cámara y la orquesta, clases teóricas y prácticas, viajes en metro y cercanías, comidas rápidas, cañas con los compañeros a cualquier hora del día (bastaba con que alguno lo sugiriera) y algún ...

Arturo Romero: nombre de ficción.

Decían que era un niño espabilado, que no lo podían engañar fácilmente, pero, se equivocaban. Había otros más espabilados que él o al menos con más mala leche que se aprovechaban de su buen hacer. Arturo se daba cuenta, incluso los veía venir. Sus risitas y sarcasmos les delataban, más no le importaba. Pensaba a sí mismo que eso le servía para aprender. Demasiado “aprendizaje” llevó a lo largo de su vida. “La línea que separa a una persona buena de otra tonta es tan delgada que nunca sabes cuando la traspasas”. Y eso le pasaba al chico también en su adolescencia. Quería ser bueno y a veces se convertía en tonto. Tenía gustos diferentes de sus amigos. Le gustaba la lectura, la poesía, el teatro, la música, cantar, incluso llegó a aprender algunos acordes y componer canciones, que él mismo cantaba con esa vieja guitarra que le regaló su tío Félix con todo el cariño del mundo, pero que en realidad sonaba igual que un gato metido en un saco. Era su diversión. Cuanto otros se divertían tira...

El mostrador de enfermería es una barra de bar.

Cada vez que algo se cuenta la verdad se desgasta, como si lo contado se lanzara al espacio y se despedazara por el roce de las miradas de quienes lo recuentan, por eso esta vez lo cuento yo, la persona a quien sucedió, para ver si al contarlo, yo mismo, soy consciente de lo que pasó, ..., es como alejarse para ver un paisaje, alejémonos: Antonio Díaz es llamado y entra a la sala de tratamientos, se pone una mascarilla, se lava las manos, le toman la temperatura y la tensión, se sienta en el sillón que le indican, la enfermera le toma una vía, le ponen las bolsas y los medicamentos van entrando al torrente sanguíneo gota a gota. Antonio no puede parar de hacerlo, de girar la cabeza y dirigir la mirada hacia el goteo; de vez en cuando, cada quince minutos por ejemplo, y al mirar al rededor se da cuenta de que todos los que allí están sentados, frente a frente, de vez en cuando miran su gotero.  Todos miramos nuestro gotero de vez de en cuando, como se mira la lluvia.  La sala e...

El Señor Cuervo

Ágata hizo girar el pomo de la puerta enrojecida del consultorio del doctor Bates. Odiaba el Padauk. ¿A quién se le ocurría poner una puerta con el color de la sangre? Pudo haberla pintado de blanco, una cosa más aséptica, más de clínica como en el interior, ¿no? Dios, era una herida abierta. Sacudió la cabeza y la empujó con asco. Detrás de ella, entró su inseparable compañera de achaques, Amelia. Ambas rondaban ya los ochenta. Avanzaron hacia sus asientos favoritos en la sala de espera. Carla, la asistente, acomodaba en su escritorio una serie de carpetas azules de papel manila con expedientes clínicos. —Hola, queridas, muy temprano, como siempre — les saludó con un ligero pestañeo. Ágata suspiró al dejarse caer en la confortable silla que casi había tomado su forma. Palpó las patas. —A que mueble tan fiel, y eso que este fin de semana subí un par de kilos más— dijo levantando una de las piernas hinchadas debido a la retención de líquidos. Era una mujer grande, ancha como un monolito...

La bandeja

Llevamos ya media hora esperando y nadie ha salido ni ha entrado por la puerta. He estado todo el rato scroleando, mientras echaba un ojo disimuladamente a los demás. Somos diez personas. La sala es bastante grande, afortunadamente, porque odio esos sitios donde te hacen esperar pegado a un completo desconocido. Cuatro están haciendo lo mismo que yo. Hay una señora con un libro y dos personas con portátil. Sólo dos no están haciendo nada. Pero, uno de ellos ha estado hasta hace un momento hablando con su madre por teléfono. Como es el que más cerca tengo, sé que se llama Ángel. Se oía la voz de su madre con bastante claridad. De pronto, se abre una puerta lateral, en la que no me había fijado antes. Una mujer muy seria sale con una bandeja muy grande y la deja en la mesa del centro. Ángel se levanta y le interpela: "¿Esto va a tardar mucho? Llevamos ya más de media hora esperando. Todos. No ha entrado nadie. No tiene sentido." La mujer sonríe con poca efectividad y contesta: ...

Tulipanes rojos

Al otro lado del cristal el hombre en bata blanca y mascarilla por debajo del mentón toma nota de quienes vamos llegando. Ningún paciente necesita acreditar que es quien dice ser: el paciente. El cartel que ya nadie lee, reza en mayúsculas "Esta no es la ventanilla de información". No importa. Enfermos o acompañantes, todos preguntan. El tiempo se pone en marcha, inquieto, lento, monótono. La enfermera me llama; el apellido, como siempre, a medias. Hace tiempo que no reivindico mi nombre completo. Solo Hacienda sabe cómo me llamo, sin errores… - primero hay que ponerle una vía -me dice - luego tendrá que esperar unas horas, pueden ser 4,5…, depende…" Como aquella no es la ventanilla de información no me atrevo a preguntar de qué depende, ni si puedo comer ni si puedo beber ni si me puedo ir a casa y ya volveré… La sala de espera está vacía. Apenas he abierto mi libro entra una anciana, flaca, menuda. Intento leer. No he acertado con la novela. Me aburre. Tampoco quie...