El ojo de la furia
Al salir de los laboratorios, el cielo se cerró sobre mi cabeza. Una bóveda de nubes lechosas descendió lentamente, concentrándose en un remolino vivo, semejante al ojo de un cielo enfurecido que palpitaba. No era así minutos antes, cuando fregaba el suelo del pasillo principal que hilvana los distintos laboratorios. Desde uno de los ventanales, el sol parecía sereno y diáfano, casi infantil: un ojo benigno de bienaventuranza. Pero al posar el pie sobre la loza que da al jardín de la entrada, las nubes se apiñaron, negras como buitres suspendidos sobre carne muerta. El guardia me abrió la puerta; al cruzar el umbral, comenzó a chispear, como si el aire hubiera empezado a sudar. Era la hora del almuerzo. Siempre camino hasta un café a dos manzanas. Sin embargo, mientras avanzaba, la lluvia arreció con una insistencia casi personal. Me refugié bajo el saliente de una boutique. Entonces advertí la rareza: las gotas caían solo en un radio estrecho —no más de quince metros— y yo ocupaba su ...