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El ojo de la furia

Al salir de los laboratorios, el cielo se cerró sobre mi cabeza. Una bóveda de nubes lechosas descendió lentamente, concentrándose en un remolino vivo, semejante al ojo de un cielo enfurecido que palpitaba. No era así minutos antes, cuando fregaba el suelo del pasillo principal que hilvana los distintos laboratorios. Desde uno de los ventanales, el sol parecía sereno y diáfano, casi infantil: un ojo benigno de bienaventuranza. Pero al posar el pie sobre la loza que da al jardín de la entrada, las nubes se apiñaron, negras como buitres suspendidos sobre carne muerta. El guardia me abrió la puerta; al cruzar el umbral, comenzó a chispear, como si el aire hubiera empezado a sudar. Era la hora del almuerzo. Siempre camino hasta un café a dos manzanas. Sin embargo, mientras avanzaba, la lluvia arreció con una insistencia casi personal. Me refugié bajo el saliente de una boutique. Entonces advertí la rareza: las gotas caían solo en un radio estrecho —no más de quince metros— y yo ocupaba su ...

Ni en el casino

Todo empezó con una queja. El doctor Ferrer dijo que cada vez acudía más gente sin recursos a su consulta a mendigar atención gratuita. Se quejaba de que le esperaban en la puerta para abordarle y ponerle en situaciones incómodas. Que al principio eran discretos, pero que cada vez llamaban más la atención para forzarle a acceder por no verse inmerso en un escándalo. Varios asistentes asentían; algunos con comprensión, otros con indignación en sus rostros. Don Julián Aranda, concejal del ayuntamiento de la ciudad, tomó las riendas de la conversación para hacer notar la relevancia de su cargo. —Señores, demos gracias de estar reunidos en este magnífico casino donde podemos hablar libremente de los asuntos que nos preocupan, sin estar pendientes de las tensiones políticas que acechan al país en estos tiempos. A todos los médicos aquí presentes, todos reconocidos en su profesión, todos de familias respetables y demostradamente honorables; a todos os prometo que vuestras quejas serán ate...

Despertar soñando

Sentado en el sillón que le habían asignado y con el libro entre sus manos esperaba nervioso, e impaciente a que el presentador nombrara al ganador del Premio Planeta. Dos años de investigación y trabajo le había llevado escribir este libro, más, a la vez había sido un placer y un reto que se había propuesto a sí mismo, plasmando en un papel (entre ficción y realidad) los intereses y desajustes que se hacían, consciente o inconscientemente, hacia una destrucción de nuestro planeta. ¿A quién le podría gustar esta lectura? Pues sí, a más gente de la que él pensaba, porque allí estaba nominado entre los finalistas, eufórico de emoción a la espera del desenlace. Cuando mencionaron su nombre...Pletórico se levantó de su asiento hacia los escalones que le llevaban al escenario. Entre los vítores, aplausos y los flash de los fotógrafos...¡Despertó! Seguía sentado en su sillón, con el libro entre sus manos, en su bonito y solitario jardín, bajo la sombra de un enorme castaño. Allí escribió dur...

Teatro, puro teatro

Lo mejor de los ensayos era no ser quienes éramos. Arriba, en el escenario, yo dejaba de ser el alma atormentada que soy. Los personajes se adueñaban de nuestra voluntad, de nuestra libertad o de nuestros grilletes. Así vivíamos, como títeres, las vidas inventadas por otros. Todos los días de la semana, a excepción de los jueves, éramos nosotros mismos con nuestras miserias, mezquinos, solidarios, con nuestras torpezas y, a veces, con nuestros aciertos. Anhelábamos la llegada del jueves. Ese día olvidábamos los errores del pasado, las deudas del futuro, las inquietudes del presente. Durante unas horas disfrazábamos nuestro yo. Dejábamos de ser padres frustrados, vecinos molestos, amantes los martes, necios a diario... Y, así, como malabaristas, cada cual sacaba de la chistera un personaje. Unos días, a mí me tocaba ser la grosera Potajera, otros la ardiente Fany, la indomable Dorina o la mujer rencorosa de la fablilla. Aquellos personajes ajenos a nuestra realidad eran refugio seguro. ...

Clavados en él

Despedí a doscientas cincuenta personas, vuelvo con el todo terreno de estreno, enorme, cobro bien, mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Jorge, calvo, gordo y seboso, viste chándal dorado y conduce repitiendo mentalmente su mantra: mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Atraviesa el valle frondoso con su cochazo. Desde arriba, se imagina, se vería la carretera como una variz en la epidermis boscosa, y su coche y él serían como un trombo en dirección a una fábrica. Jorge conduce y sonríe, el traje de la percha colgado de la manija izquierda del techo rebota, parece que se va a descolgar, así que se gira para colocarlo bien y un golpetazo frontal activa los extras caros de seguridad del vehículo, que frena poco a poco manteniendo la dirección hasta pararse. Los airbags le han protegido, ha quedado encapsulado en mullidos almohadones que ahora se deshinchan. Vuelve el silencio tras el estruendo, vuelve a mirar al frente girándose sin dificultad y ve a uno...

Reto literario para el 5 de febrero de 2026: escribir un relato sobre un momento álgido

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Una jaula de diamantes

Era el invierno del año dos mil dos, Diana y su hijo se encontraban solos en casa, las ventanas de su chalet completamente cerradas y las lámparas con luz suave y débil. Ella estaba con el niño, que jugaba en el cuarto infantil. Junto a él se sentía protegida, a pesar de que al mismo tiempo que le escondía de escenas que iban a traumatizar al pequeño para siempre. En momentos como este, se sentía algo más tranquila, a pesar de que el miedo a que él llegara se respiraba por todas partes. David, su marido, era un hombre de negocios, así le gustaba a él que le llamasen. Era cierto que en el aspecto material no les faltaba de nada. Este hombre no tenía horarios fijos. De esta manera llegaba sorprendiendo, eso le hacía un ser humano más terrible aún. Lo más asombroso es que Diana, cinco años antes, se había casado enamorada, él en aquella época era muy cariñoso y atento con ella. Ella ya no recordaba cuando ni como todo había cambiado, o si había sido progresivamente, pero el maltr...

Tres deseos

Enero 2026 El sol resplandecía. Luís se sentía a gusto bajo esos rayos que transmitían. Estaba leyendo un libro sentado a la orilla del río. El sonido de los pájaros y la corriente del agua era música relajante. Oyó un ruido y se puso en guardia por si había algún animal amenazante. Divisó un hombrecillo pequeño de orejas largas con cara de simpático que le habló: _ Soy el duende de los deseos. Pídeme tres y te los concederé. Luís atónito dijo: _ Siempre he sentido curiosidad por la vida de Jesús de Nazaret. ¿Puedes transportarme a esa época sin que pierda mi noción del hoy? _ ¡Concedido! Si te ves en apuros llámame por mi nombre, Samuel. Luís se vio en una montaña entre la multitud de gente que escuchaban al Maestro, un hombre que hacía milagros. Es posible, él a veces creía en los milagros. Los padres de Jesús se llamaban José y María. En la religión Católica de Luís el niño había sido concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Decían que ya desde pequeño no se adaptaba a la soc...

Química retrógrada

Cuando pulsó el botón de su máquina, el tiempo empezó a rejuvenecer y a ganar lozanía. De un solo golpe, su humildad quedó destrozada; se infló de un orgullo que absorbió todos los pecados del mundo. El aire retrocedió ante su cuerpo. Las paredes respiraron olores olvidados. Phillips sintió que el futuro se le desprendía del cuerpo como una piel enferma. Había construido la máquina del tiempo con restos, con planos robados al sueño y a la desesperación. Nadie creyó en él. Tampoco importaba ya. Estaba decidido a corregir una sola grieta en la historia, una mínima desviación que, según sus cálculos, devolvería a su familia el nombre, la casa y la dignidad perdidos en la Gran Depresión. No pedía más. Eso creía. Llegó a Londres en 1928, a un hospital que olía a desinfectante débil y a pobreza antigua. Entró al laboratorio de Alexander Fleming como un fantasma que ya conocía el camino. Tomó las placas de Petri donde un moho verdoso había decidido, por error, salvar al mundo. Las guardó con ...

el Megalito

Como todas las mañanas de este último mes, cogí mi bici a continuar mi peregrinación, mi viaje hacia dentro, como decía yo cuando me preguntaban. Aquel día salía del Sarria. Era primavera y la zona estaba espectacular. Me dirigía hacia PortoMarin; me habían hablado mucho de esa zona y le tenía muchas ganas. Iba a buen ritmo, cruzando pequeños pueblecitos gallegos: naturaleza y humanos en comunión, rebaños de vacas, árboles y el camino. El tiempo empezó a nublarse y los truenos se convirtieron en la música de mis oídos. Comenzaron a caer las primeras gotas y no se veía ningún lugar donde ponerme cubierto. Salí del camino principal buscando refugio. El camino era estrecho y difícil pero por suerte al poco tiempo a lo lejos vi una especie de cueva y aprete el pedaleo. La lluvia caía cada vez más con más fuerza. Al acercarme, me di cuenta que no era una cueva, sino una especie de megalito. Me serviría igual, sería ideal para resguardarme de la lluvia. El espacio era pequeño, pero suf...