Teatro, puro teatro
Teatro, puro teatro Lo mejor de los ensayos era no ser quienes éramos. Arriba, en el escenario, yo dejaba de ser el alma atormentada que soy. Los personajes se adueñaban de nuestra voluntad, de nuestra libertad o de nuestros grilletes. Así vivíamos, como títeres, las vidas inventadas por otros. Todos los días de la semana, a excepción de los jueves, éramos nosotros mismos con nuestras miserias, mezquinos, solidarios, con nuestras torpezas y, a veces, con nuestros aciertos. Anhelábamos la llegada del jueves. Ese día olvidábamos los errores del pasado, las deudas del futuro, las inquietudes del presente. Durante unas horas disfrazábamos nuestro yo. Dejábamos de ser padres frustrados, vecinos molestos, amantes los martes, necios a diario... Y, así, como malabaristas, cada cual sacaba de la chistera un personaje. Unos días, a mí me tocaba ser la grosera Potajera, otros la ardiente Fany, la indomable Dorina o la mujer rencorosa de la fablilla. Aquellos personajes...