Teatro, puro teatro

Teatro, puro teatro

Lo mejor de los ensayos era no ser quienes éramos. Arriba, en el escenario, yo dejaba de ser el alma atormentada que soy. Los personajes se adueñaban de nuestra voluntad, de nuestra libertad o de nuestros grilletes. Así vivíamos, como títeres, las vidas inventadas por otros.

Todos los días de la semana, a excepción de los jueves, éramos nosotros mismos con nuestras miserias, mezquinos, solidarios, con nuestras torpezas y, a veces, con nuestros aciertos.

Anhelábamos la llegada del jueves. Ese día olvidábamos los errores del pasado, las deudas del futuro, las inquietudes del presente. Durante unas horas disfrazábamos nuestro yo. Dejábamos de ser padres frustrados, vecinos molestos, amantes los martes, necios a diario... Y, así, como malabaristas, cada cual sacaba de la chistera un personaje. Unos días, a mí me tocaba ser la grosera Potajera, otros la ardiente Fany, la indomable Dorina o la mujer rencorosa de la fablilla.

Aquellos personajes ajenos a nuestra realidad eran refugio seguro.

Pero hoy no es jueves, hoy diré la verdad. Ya no caben las mentiras ni las falsas modestias; solo la verdad.

Sin duda de entre todos yo era la mejor actriz del elenco. Nadie como yo respondía fielmente e las exigencias del papel. Nadie como yo llenaba el escenario con tanta elegancia   Mi perfecta dicción embelesaba al público que reía o que lloraba a tenor de mis palabras o de mis gestos.

Aquel jueves al terminar el ensayo, el director, nos anunció la próxima entrega del premio al mejor actor teatral   de la temporada. Su mirada elocuente, el guiño cómplice desvelaban mi nombre. Durante días escribí, leí, ensayé lágrimas oportunas de emoción. Me burlé de mis compañeros que asistirían al acto resignados, con la rabia contenida. Vestí de amarillo, color prohibido... Provoqué a la suerte sabiendo que la suerte estaba de mi lado.

Llegó el día. Llegó la noche. El nerviosismo hacía vibrar el aire. El presidente, abrazado a la codiciada estatuilla, avanzaba por la alfombra recién estrenada. Gotas de sudor caían por mi frente dejando un surco en el cuidado maquillaje.

Era mi momento álgido. Saboreaba el triunfo. Por fin alcanzaba la cumbre.

Miró a los actores, uno a uno. Buscaba a la estrella. Di un paso adelante.

 No me vio… Por fin se detuvo frente a  Dionisio, el lerdo Dionisio;  el terco Juanelo, burdo Juanelo; Cleanto, el arrogante consejero. En sus manos depositó el galardón. ¡Mi galardón!.

Mi cuerpo todo tembló; creí desfallecer; las piernas flaquearon. Cerré los ojos.

-          "Otro imbécil con poder" -pensé

Desde entonces no ha habido más jueves. Ha pasado mucho tiempo, pero la herida sigue abierta.

La vida es puro teatro. Todo es falso. Bueno, casi todo.

Eva M-B    30-01-26

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