Redondear rincones
Pedro odiaba los fines de semana, pero hoy era lunes y ya estaba sentado en la sala de oncología, esperando a ser llamado. Al entrar, como siempre, se puso la mascarilla y buscó el lugar donde sabía que había mejor cobertura. La sala de espera de oncología no era como el resto de salas de espera: era luminosa, había dos kentias y dos costillas de Adán que redondeaban los rincones, las puertas eran correderas y silenciosas al abrirlas y cerrarlas, sin estridencias, la luz era blanca, los colores de paredes, suelo y techo blancos, el personal sanitario silencioso y de blanco, el reloj de pared blanco con manecillas sigilosas que corrían lentamente. Fuera reinaba el desconcierto. Las otras salas de espera donde había estado no daban la talla.
Pedro veía a sus compañeros de espera y los clasificaba por sus expresiones. Los había incrédulos: ojos que no aguantan la mirada; furiosos: ojos que se hincan y escuecen; deprimidos: ojos que no miran, espejos vacíos; y había miradas para las que no hay nombres: ojos calmados que lo entienden todo, han visto la luz.
La mañana corría y personas con distintos ojos iban pasando, y como de costumbre a Pedro no le llamaban, la pantalla de su teléfono no se encendía. A las tres de la tarde ya no pasaban consulta, Pedro se quedó un poco más, fuera de esa sala todo era inaguantable, pero debía irse, hasta el día siguiente, que volvería a hacer la espera en este lugar.
Pedro, de camino a casa, repuso en distintos lugares los carteles. Algo llamó su atención y ahí estaba, movido por el viento, la cara de su hijito y el número al que no llamaban.
Pedro veía a sus compañeros de espera y los clasificaba por sus expresiones. Los había incrédulos: ojos que no aguantan la mirada; furiosos: ojos que se hincan y escuecen; deprimidos: ojos que no miran, espejos vacíos; y había miradas para las que no hay nombres: ojos calmados que lo entienden todo, han visto la luz.
La mañana corría y personas con distintos ojos iban pasando, y como de costumbre a Pedro no le llamaban, la pantalla de su teléfono no se encendía. A las tres de la tarde ya no pasaban consulta, Pedro se quedó un poco más, fuera de esa sala todo era inaguantable, pero debía irse, hasta el día siguiente, que volvería a hacer la espera en este lugar.
Pedro, de camino a casa, repuso en distintos lugares los carteles. Algo llamó su atención y ahí estaba, movido por el viento, la cara de su hijito y el número al que no llamaban.
Toni Díaz
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