Ni en el casino



Todo empezó con una queja. El doctor Ferrer dijo que cada vez acudía más gente sin recursos a su consulta a mendigar atención gratuita. Se quejaba de que le esperaban en la puerta para abordarle y ponerle en situaciones incómodas. Que al principio eran discretos, pero que cada vez llamaban más la atención para forzarle a acceder por no verse inmerso en un escándalo.

Varios asistentes asentían; algunos con comprensión, otros con indignación en sus rostros.

Don Julián Aranda, concejal del ayuntamiento de la ciudad, tomó las riendas de la conversación para hacer notar la relevancia de su cargo.

—Señores, demos gracias de estar reunidos en este magnífico casino donde podemos hablar libremente de los asuntos que nos preocupan, sin estar pendientes de las tensiones políticas que acechan al país en estos tiempos. A todos los médicos aquí presentes, todos reconocidos en su profesión, todos de familias respetables y demostradamente honorables; a todos os prometo que vuestras quejas serán atendidas por el ayuntamiento y solucionaremos esas desagradables situaciones. Mi familia, sabéis que vengo de casta médica también, es sensible al mismo problema y a mi padre no le tiembla al voz al frenar a esa gente con tan poca dignidad y educación. Hablaré con el concejal de seguridad, que es amigo mío, y pondremos solución en seguida.

Con la copa de licor en una mano y un puro en la otra, la mayoría de los miembros de la reunión sonrieron con satisfacción, algunos negaron con condescendencia y otros pusieron mueca de desaprobación. Pero hablar, en tiempos convulsos e inestables como aquellos, con la segunda república tan en pañales, con tantas ideas contrarias intentando conquistar la hegemonía ideológica, política y social; hablar, sólo hablo uno: El doctor Joaquín Llorente. Sentado en una esquina de la sala, vestido con un discreto traje gris marengo, chaleco gris plata y corbata de seda color burdeos, con toda la calma del mundo, sin ninguna expresión en el rostro y con tono pausado, dijo:

—Creo que muchos de mis colegas estarán de acuerdo en que la situación de esa gente que nos incomoda es realmente precaria. Los hospitales están saturados y recurrir a la beneficencia o la caridad religiosa no suele ser efectivo. Es un problema complejo que habría que abordar desde diversos ángulos. Por ejemplo, serían necesarias inspecciones sanitarias regulares, acceso a una atención mínima y a vacunación para todo el mundo de manera gratuita. Es muchísimo más rentable para el Estado la prevención que poner guardias en la puerta de todas las consultas médicas. La buena salud de los trabajadores beneficia también a los empresarios. Y unas simples concesiones evitarían protestas y disturbios que saturan más nuestras consultas y los hospitales. Parece ser que la guardia se toma sus funciones con cierto exceso de licencia últimamente.

—Dr. Llorente, ¿está usted defendiendo la sanidad pública? -preguntó Don Julián con tono amenazante.

—Creo que hay bastantes argumentos razonables a su favor, que deberían ser tenidos en cuenta.

—¿Y critica la acción de la Guardia Civil? -los asistentes se miraron nerviosos.

—No. Sólo algunos hechos puntuales de los últimos días. Ha habido algún muerto de más en las últimas protestas.

—¿Con qué autoridad afirma eso? -preguntó con vehemencia.

—Con la autoridad de conocer a la familia, como su médico, y haberme tomado la molestia de escuchar su versión de los hechos, en lugar de acallarla -los murmullos del resto se dejaron oír con claridad.

—Quizá es momento de tranquilizarnos y pasar a temas más livianos.

—No se preocupe, Don Fernando. Don Julián ha empezado diciendo que en este magnifico casino podemos hablar libremente, sin tensiones políticas. Confío en la sinceridad de sus palabras. Además, lo que yo he dicho no es más que una opinión profesional. No soy político, ni quiero serlo. No estoy dando un discurso público. Estamos once personas aquí, todos adultos respetables y asumo que respetuosos. No pensaba incomodar a nadie. Si así lo he hecho, pido disculpas y acepto la propuesta de cambiar de tema. Pidamos al camarero que nos traiga las cartas para jugar al Tresillo y medir nuestras fuerzas en algo menos agresivo. Y que se lleve los periódicos, de paso, para no tentarnos.

El ambiente se destenso con ansiedad, de forma forzada; pero el juego no consiguió borrar completamente las caras de preocupación de los acompañantes de los dos hombres enfrentados. Para desgracias del doctor, él fue quien ganó la primera partida. Don Julián se levantó visiblemente molesto y se despidió abruptamente de todos.

—Doctor Llorente, disfrute usted de su pequeño triunfo.

—Muchas gracias, don Julián. Trataré de no envanecerme.

—Procure también no descuidarse con sus opiniones. Fuera de este magnifico casino podrían ser malinterpretadas.

—Lo procuraré. Gracias de nuevo, don Julián.




El silencio tenso que siguió a esta breve conversación impidió que la siguiente partida pudiese completarse.

Nadie quiso creerlo, pero todos sintieron la fatalidad anunciada ese día.




Cuando días más tarde, Joaquín Llorente recibió un disparo directo en la cabeza en la puerta de su consulta, aquellos hombres no creyeron la version oficial: Un paciente desequilibrado vuelca sus frustraciones en el inocente y honorable médico, dejando a su esposa embarazada, viuda y sola.

El agresor seguía en paradero desconocido.

No. Ellos sabían que no era la verdad.

Pero hablar… ni siquiera en el magnífico casino.


MARÍA JOSÉ LÓPEZ SARIÑENA


RETO DE FEBRERO DE 2026 - Momento álgido.

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