Clavados en él
Despedí a doscientas cincuenta personas, vuelvo con el todo terreno de estreno, enorme, cobro bien, mi trabajo es necesario para que la economía funcione.
Jorge, calvo, gordo y seboso, viste chándal dorado y conduce repitiendo mentalmente su mantra: mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Atraviesa el valle frondoso con su cochazo. Desde arriba, se imagina, se vería la carretera como una variz en la epidermis boscosa, y su coche y él serían como un trombo en dirección a una fábrica.
Jorge conduce y sonríe, el traje de la percha colgado de la manija izquierda del techo rebota, parece que se va a descolgar, así que se gira para colocarlo bien y un golpetazo frontal activa los extras caros de seguridad del vehículo, que frena poco a poco manteniendo la dirección hasta pararse. Los airbags le han protegido, ha quedado encapsulado en mullidos almohadones que ahora se deshinchan. Vuelve el silencio tras el estruendo, vuelve a mirar al frente girándose sin dificultad y ve a unos metros a un jabalí enorme, un vakamulo. Decide estarse quieto unos segundos, se examina, examina el coche, apacigua la respiración y abre la puerta y sale. Fuera la brisa fresca le reconforta, es como si nada hubiera pasado, el morro del coche apenas ha sufrido. Anda unos metros hasta el bicharraco, que está roto por dentro pero no ha explotado, no hay sangre. Sonríe y piensa en el lomo, en el pernil, en la paletilla, en el costillar, en la cabeza. —¡ He cazado!, grita impactando en el natural hervidero de sonidos. Se agacha, coge al jabalí de las patas traseras, lo arrastra hasta el coche, abre la puerta derecha de atrás y poco a poco lo va metiendo. Ha de pesar cerca de cien kilos y huele a tierra mojada, a sudor, a orín. Una vez el bicho dentro vuelve a su cubículo, arranca y el coche funciona bien, no palpitan luces de avería en la pantalla frontal. Después de unos kilómetros en blanco, sale del bosque, se incorpora a la autopista, acelera, se pone a ciento sesenta y rompe a reír. —¡Cuando lo cuente en el bar no se lo van a creer!—, grita y sonríe. De pronto nota una respiración húmeda en la nuca, y en el retrovisor se encuentra con unos ojos negros y pequeños clavados en él.
Toni Díaz.
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