El ojo de la furia



Al salir de los laboratorios, el cielo se cerró sobre mi cabeza. Una bóveda de nubes lechosas descendió lentamente, concentrándose en un remolino vivo, semejante al ojo de un cielo enfurecido que palpitaba. No era así minutos antes, cuando fregaba el suelo del pasillo principal que hilvana los distintos laboratorios. Desde uno de los ventanales, el sol parecía sereno y diáfano, casi infantil: un ojo benigno de bienaventuranza.

Pero al posar el pie sobre la loza que da al jardín de la entrada, las nubes se apiñaron, negras como buitres suspendidos sobre carne muerta. El guardia me abrió la puerta; al cruzar el umbral, comenzó a chispear, como si el aire hubiera empezado a sudar.

Era la hora del almuerzo. Siempre camino hasta un café a dos manzanas. Sin embargo, mientras avanzaba, la lluvia arreció con una insistencia casi personal. Me refugié bajo el saliente de una boutique.

Entonces advertí la rareza: las gotas caían solo en un radio estrecho —no más de quince metros— y yo ocupaba su centro. Al dejar el refugio, aquella masa de vapor inquieto se desplazó conmigo, dócil y ominosa a la vez. Bastaba que los otros se apartaran para no mojarse. El viento despertó de pronto, levantando polvo, basura y papeles, como si le disgustara mi humanidad.

Descendí a la boca del metro, pero ni siquiera allí encontré amparo. Un aliento gélido me envolvió; alzó mi bata como un ala, y sentí que iba a despellejarme. Las miradas a mi alrededor tenían el mismo brillo: una alarma contenida.

Regresé a la superficie y me aferré a un poste del parabús más cercano. El viento se ensanchó, ya circular, ya furioso. En pocos instantes se formó un corro de curiosos: señalaban, murmuraban, asentían o negaban, como si intentaran descifrar un presagio.

El cielo emitió entonces un bramido áspero, un rugido surgido de una garganta rota. En el centro del remolino comenzaron a girar relámpagos de un azul tan intenso que me ardieron las pupilas. Sentí la electricidad erizarme los antebrazos bajo la bata, como si mi piel retrocediera hasta el origen de la materia.

De pronto, algo saltó de mi bolsillo frontal.

¿Mogu?

¡Ah! Mi pequeño ratón de laboratorio: ojos rojos, húmedos, enormes; manitas juntas, como una anciana en oración; bigotes temblorosos por un hambre que nunca descansa. Lo había sacado de su jaula de policarbonato para llevarlo conmigo al café y compartir mis tostadas —una travesura, lo admito.

¡Dios! En cuanto sus patitas rosadas tocaron el asfalto…

Un relámpago único, absoluto —más blanco que toda verdad— lo fulminó. Y luego, la quietud. Una quietud de muerte.

Después, la mancha: negra, estrellada; bajo el sol brilló con una tristeza metálica. En ese mismo latido, las nubes se dispersaron como una bandada de palomas asustadas. El suelo se secó con una rapidez antinatural. Solo quedaron algunos destellos eléctricos, saltando caprichosos entre los postes y el asiento de metal, picándome la piel como pequeños recuerdos ardientes.

No entendí lo ocurrido. Pero comprendí algo con una claridad brutal: todo se detuvo cuando Mogu quedó desintegrado.

Debí haber atendido el aviso sobre su jaula:

"Roedores sujetos a experimentos rigurosos y especializados. Favor de no alimentarlos ni sustraerlos".

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Santiago Manuel de la Colina
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