El Señor Cuervo
Ágata hizo girar el pomo de la puerta enrojecida del consultorio del doctor Bates. Odiaba el Padauk. ¿A quién se le ocurría poner una puerta con el color de la sangre? Pudo haberla pintado de blanco, una cosa más aséptica, más de clínica como en el interior, ¿no? Dios, era una herida abierta. Sacudió la cabeza y la empujó con asco. Detrás de ella, entró su inseparable compañera de achaques, Amelia. Ambas rondaban ya los ochenta. Avanzaron hacia sus asientos favoritos en la sala de espera. Carla, la asistente, acomodaba en su escritorio una serie de carpetas azules de papel manila con expedientes clínicos.
—Hola, queridas, muy temprano, como siempre — les saludó con un ligero pestañeo.
Ágata suspiró al dejarse caer en la confortable silla que casi había tomado su forma. Palpó las patas.
—A que mueble tan fiel, y eso que este fin de semana subí un par de kilos más— dijo levantando una de las piernas hinchadas debido a la retención de líquidos. Era una mujer grande, ancha como un monolito dolménico.
Amelia no se sentó de momento. Al contrario de Ágata, era pequeña y ligera como un hada. Miraba a las paredes moviendo de aquí para allá sus ojillos azules.
—Han cambiado los cuadros, bueno, las fotografías. Son de…
—África — adelantó Ágata. — De donde trajo esa asquerosa hoja de madera, la de la puerta.
—No me había percatado. ¿Hace cuánto tiempo lleva que la han puesto?
—Ya un mes, querida Amelia— aclaró Carla.
—¿Y las fotos?
—Desde ayer. El doctor Bates es apasionado de los paisajes.
—Una jirafa, qué mona, bueno, no… la mona está acá, colgando de ese árbol. África.
—Anda, siéntate ya, Amelia— carraspeó Ágata.
—Es que quiero ir allí.
—Ya a tu edad y con tu pírrica pensión, no creo que puedas. Por una vez en tu vida, sé realista.
—Se puede ir en sueños. Tengo que grabármelos para iluminar el fondo de mi mente, como una pantalla cinemascope.
Se abrió la puerta y entró Yuriko, la hija del dueño del sushi bar de la esquina. Tenía el rostro rojo, el cuello inflamado y lleno de ronchas. Se sentó cerca de la entrada.
—¿Otra vez, pequeña?— le preguntó Ágata. En respuesta, la chica inclinó la cabeza, se miró los zapatos escolares y levantó una mano, sin mirarla.
—Ya he tomado antihistamínicos.— Juntó las manos en su regazo, hizo hacia atrás sus tobillos y los cruzó. Con paciencia zen se mantuvo así.
—No sé por qué insistes— le regañó.
—Los mariscos son mi debilidad y en el bar hay tantos, tan hermosos, turgentes, inflados, rebosantes, vívidos…
—Ya, ya, que nos vas a dejar sin adjetivos.
Carla se levantó se acercó a la puerta del despacho del médico y dijo:
—Anda, Yuri, entra.
Ella se levantó sin separar las manos y caminó dando pasitos muy cortos hasta que se cerró la puerta.
—Dios, lo traen en la sangre. Nada más le faltó montarse el kimono.
—Kimona… digo, ¡qué mona se vería! —dijo Amelia. —Quiero viajar al Japón.
Se acercó a la mesilla y encontró entre las revistas una fotografía del monte Fuji enmarcado por cerezos en flor.
—Ya siéntate. Deja eso.
Amelia se sentó tomando una posición parecida a Yuriko, solo que ella miraba al techo, atravesando el hormigón, a las nubes, a la atmósfera, como si quisiera llegar al núcleo del universo, al principio de todo.
Ágata sacó su cuaderno de notas. Lo abrió más o menos por la mitad tirando del listón separador. De una de sus orejas retiró un bolígrafo. Suspiró y continuó su relato donde lo había dejado. Le gustaba escribir sobre crímenes y asesinatos. La protagonista era una detective amateur que ayudaba a la policía a atrapar a los culpables. En apariencia, un asunto muy Marple, pero la "detective" era un personaje sórdido. Una madama que sabía cómo obtener información en el burdel que regenteaba. Le gustaba fumar y beber como cosaco, pero eso sí, nunca perdía la intuición, ese sentido aguzado que la llevaba a detectar la maldad. Para conocerla, decía el personaje, hay que beberla.
Mientras Amelia seguía en Babia embelesada en sus ensoñaciones y Ágata soltaba toda su furia literaria en su cuadernillo, los pacientes entraban, se sentaban un rato, pasaban con el médico y luego se retiraban. Ambas estaban tan a gusto allí que no les importaba esperar hasta tres horas hasta su turno. Se levantaban de vez en cuando a tomar un vaso de agua, acercarse a la máquina de chucherías, refrescos y café.
Después de arrugar y tirar el cono de papel al cesto de basura…
—Yeah, encesté, Amelia. Un solo tiro.
…todo cambió. No supo cómo lo percibió, pero ahí estaba picándole esa roncha a la que llamamos inquietud.
La puerta se abrió. Asomó la cabeza… ¿Un cuervo? Era enorme y la giraba con movimientos sacádicos. Entró y cerró la puerta de forma delicada y se sentó.
—¡Dios!— dijo Amelia.
—¿Qué? Vamos, no crees que sea real, ¿verdad? Ve la pinta de jugador de Rugby que tiene.
—Ah… —dijo Amelia en un susurro.
De pronto, el cuervo empezó a mover las piernas de manera inquieta y a sacudir las alas.
Había otras tres personas en la espera. Todos miraron al enorme pájaro sacudirse. Pipa, la costurera con eczema se levantó de un salto. Marcelo, el cartero con un esparadrapo en una pierna se echó hacia atrás.
De gorjeos, el cuervo pasó a graznidos chillantes. Se tocaba el cuello con insistencia. Después de un gran espasmo, cayó de espaldas. El doctor Bates salió de su despacho. Tenía un cubrebocas y las manos cubiertas por guantes de látex.
—¡Todo mundo atrás!
Buscó el cuello de la extraña criatura. Acercó su oído. De pronto, le arrancó la cabeza.
—¡Ah! — gritaron casi todos en un estallido casi armónico.
—Rápido, Carla, mi maletín.
Amelia miraba la floja máscara emplumada.
—¿Ves? No es más que un hombre disfrazado. Mira que ha saltado su tarjeta de visitas. "Botargas de Caché". Raúl Estéfano.
—¡Carla, aléjate, pronto! — gritó Bates con autoridad— Llama a emergencias y pide que desplieguen de inmediato a la Unidad de Bioseguridad de Nivel 4. Necesito un cordón sanitario y que nadie salga de la clínica.
Amelia miró el rostro cianótico del señor cuervo, ya en su estadio humano, ser acariciado por las pálidas falanges de la muerte. Intentó levantarse.
—Ni siquiera se te ocurra tocar una de sus plumas… son auténticas… de seguro una gripe aviar.
Llegó el ruido, el tétrico paso de un escuadrón decidido a todo. No hubo tiempo para el pánico; el chasqueo de la puerta fue devorado por el estrépito de botas tácticas. La Unidad de Bioseguridad irrumpió en la sala, convirtiendo el aire viciado de la clínica en un hervidero de órdenes secas y roces de nailon.
—Ay…— se quejó Amelia en un susurro.
Apenas un par de parpadeos después, el blanco aséptico de la sala de espera fue invadido por una marea de trajes amarillos. Los paramédicos de la unidad se desplegaron con una eficiencia mecánica, como si sus falanges enguantadas ya supieran exactamente qué superficie desinfectar primero…
El mundo exterior se convirtió en un espectro de sombras difusas tras las esclusas de polietileno. La Unidad de Bioseguridad había sellado la sala en un tiempo récord, levantando un muro de plástico que crujía con cada ráfaga del aire acondicionado. Allí, atrapados en esa burbuja de aislamiento, los pacientes ya no esperaban una consulta; ahora sus dedos se apretaban contra la barrera translúcida, buscando una salida que el protocolo les había arrebatado.
Tras el velo de polietileno que ahora sellaba el despacho del doctor Bates, la figura del hombre-cuervo en una camilla era apenas una mancha errática. No estaba consciente; sus movimientos habían perdido toda gracia humana, adoptando esa brusquedad sacádica que Ágata reconoció con un escalofrío.
—Fiebre, qué fiebre… Todo por las malditas plumas.
Era como si el virus estuviera tratando de reprogramar sus nervios, convirtiendo sus espasmos en un eco grotesco de las aves que habían originado el brote.
—¿Ves Amelia, que era un hombre y no un pájaro? Te la creíste, ¿verdad?
—Te equivocas querida, lo fue. Esa tortura que sufre es el precio que tiene que pagar el ave por humanizarse.
—Ay, ay, yay… —dijo Ágata.
Entonces, la cremallera de la entrada principal se rasgó con un sonido seco.
No entró un equipo de hombres con escafandras. Entró ella.
Medía casi un metro ochenta. Sus plumas blancas, inmaculadas bajo la luz fluorescente, parecían almidonadas por el rigor de la Unidad de Bioseguridad. Bajo el ala derecha sostenía un portapapeles metálico.
Ágata sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Vio cómo la enorme ave se detenía frente a ella.
No cacareó. Con un movimiento sacádico de una precisión aterradora, giró la cabeza noventa grados para clavarle un ojo lateral, dorado y frío. Luego, con una garra de tres dedos amarillos, pasó una página del expediente, anotó algo con un bolígrafo y siguió caminando hacia el siguiente infectado, haciendo que sus patas escamosas repiquetearan rítmicamente contra el suelo de linóleo.--
Santiago Manuel de la Colina
Adobe Certified Expert
—Hola, queridas, muy temprano, como siempre — les saludó con un ligero pestañeo.
Ágata suspiró al dejarse caer en la confortable silla que casi había tomado su forma. Palpó las patas.
—A que mueble tan fiel, y eso que este fin de semana subí un par de kilos más— dijo levantando una de las piernas hinchadas debido a la retención de líquidos. Era una mujer grande, ancha como un monolito dolménico.
Amelia no se sentó de momento. Al contrario de Ágata, era pequeña y ligera como un hada. Miraba a las paredes moviendo de aquí para allá sus ojillos azules.
—Han cambiado los cuadros, bueno, las fotografías. Son de…
—África — adelantó Ágata. — De donde trajo esa asquerosa hoja de madera, la de la puerta.
—No me había percatado. ¿Hace cuánto tiempo lleva que la han puesto?
—Ya un mes, querida Amelia— aclaró Carla.
—¿Y las fotos?
—Desde ayer. El doctor Bates es apasionado de los paisajes.
—Una jirafa, qué mona, bueno, no… la mona está acá, colgando de ese árbol. África.
—Anda, siéntate ya, Amelia— carraspeó Ágata.
—Es que quiero ir allí.
—Ya a tu edad y con tu pírrica pensión, no creo que puedas. Por una vez en tu vida, sé realista.
—Se puede ir en sueños. Tengo que grabármelos para iluminar el fondo de mi mente, como una pantalla cinemascope.
Se abrió la puerta y entró Yuriko, la hija del dueño del sushi bar de la esquina. Tenía el rostro rojo, el cuello inflamado y lleno de ronchas. Se sentó cerca de la entrada.
—¿Otra vez, pequeña?— le preguntó Ágata. En respuesta, la chica inclinó la cabeza, se miró los zapatos escolares y levantó una mano, sin mirarla.
—Ya he tomado antihistamínicos.— Juntó las manos en su regazo, hizo hacia atrás sus tobillos y los cruzó. Con paciencia zen se mantuvo así.
—No sé por qué insistes— le regañó.
—Los mariscos son mi debilidad y en el bar hay tantos, tan hermosos, turgentes, inflados, rebosantes, vívidos…
—Ya, ya, que nos vas a dejar sin adjetivos.
Carla se levantó se acercó a la puerta del despacho del médico y dijo:
—Anda, Yuri, entra.
Ella se levantó sin separar las manos y caminó dando pasitos muy cortos hasta que se cerró la puerta.
—Dios, lo traen en la sangre. Nada más le faltó montarse el kimono.
—Kimona… digo, ¡qué mona se vería! —dijo Amelia. —Quiero viajar al Japón.
Se acercó a la mesilla y encontró entre las revistas una fotografía del monte Fuji enmarcado por cerezos en flor.
—Ya siéntate. Deja eso.
Amelia se sentó tomando una posición parecida a Yuriko, solo que ella miraba al techo, atravesando el hormigón, a las nubes, a la atmósfera, como si quisiera llegar al núcleo del universo, al principio de todo.
Ágata sacó su cuaderno de notas. Lo abrió más o menos por la mitad tirando del listón separador. De una de sus orejas retiró un bolígrafo. Suspiró y continuó su relato donde lo había dejado. Le gustaba escribir sobre crímenes y asesinatos. La protagonista era una detective amateur que ayudaba a la policía a atrapar a los culpables. En apariencia, un asunto muy Marple, pero la "detective" era un personaje sórdido. Una madama que sabía cómo obtener información en el burdel que regenteaba. Le gustaba fumar y beber como cosaco, pero eso sí, nunca perdía la intuición, ese sentido aguzado que la llevaba a detectar la maldad. Para conocerla, decía el personaje, hay que beberla.
Mientras Amelia seguía en Babia embelesada en sus ensoñaciones y Ágata soltaba toda su furia literaria en su cuadernillo, los pacientes entraban, se sentaban un rato, pasaban con el médico y luego se retiraban. Ambas estaban tan a gusto allí que no les importaba esperar hasta tres horas hasta su turno. Se levantaban de vez en cuando a tomar un vaso de agua, acercarse a la máquina de chucherías, refrescos y café.
Después de arrugar y tirar el cono de papel al cesto de basura…
—Yeah, encesté, Amelia. Un solo tiro.
…todo cambió. No supo cómo lo percibió, pero ahí estaba picándole esa roncha a la que llamamos inquietud.
La puerta se abrió. Asomó la cabeza… ¿Un cuervo? Era enorme y la giraba con movimientos sacádicos. Entró y cerró la puerta de forma delicada y se sentó.
—¡Dios!— dijo Amelia.
—¿Qué? Vamos, no crees que sea real, ¿verdad? Ve la pinta de jugador de Rugby que tiene.
—Ah… —dijo Amelia en un susurro.
De pronto, el cuervo empezó a mover las piernas de manera inquieta y a sacudir las alas.
Había otras tres personas en la espera. Todos miraron al enorme pájaro sacudirse. Pipa, la costurera con eczema se levantó de un salto. Marcelo, el cartero con un esparadrapo en una pierna se echó hacia atrás.
De gorjeos, el cuervo pasó a graznidos chillantes. Se tocaba el cuello con insistencia. Después de un gran espasmo, cayó de espaldas. El doctor Bates salió de su despacho. Tenía un cubrebocas y las manos cubiertas por guantes de látex.
—¡Todo mundo atrás!
Buscó el cuello de la extraña criatura. Acercó su oído. De pronto, le arrancó la cabeza.
—¡Ah! — gritaron casi todos en un estallido casi armónico.
—Rápido, Carla, mi maletín.
Amelia miraba la floja máscara emplumada.
—¿Ves? No es más que un hombre disfrazado. Mira que ha saltado su tarjeta de visitas. "Botargas de Caché". Raúl Estéfano.
—¡Carla, aléjate, pronto! — gritó Bates con autoridad— Llama a emergencias y pide que desplieguen de inmediato a la Unidad de Bioseguridad de Nivel 4. Necesito un cordón sanitario y que nadie salga de la clínica.
Amelia miró el rostro cianótico del señor cuervo, ya en su estadio humano, ser acariciado por las pálidas falanges de la muerte. Intentó levantarse.
—Ni siquiera se te ocurra tocar una de sus plumas… son auténticas… de seguro una gripe aviar.
Llegó el ruido, el tétrico paso de un escuadrón decidido a todo. No hubo tiempo para el pánico; el chasqueo de la puerta fue devorado por el estrépito de botas tácticas. La Unidad de Bioseguridad irrumpió en la sala, convirtiendo el aire viciado de la clínica en un hervidero de órdenes secas y roces de nailon.
—Ay…— se quejó Amelia en un susurro.
Apenas un par de parpadeos después, el blanco aséptico de la sala de espera fue invadido por una marea de trajes amarillos. Los paramédicos de la unidad se desplegaron con una eficiencia mecánica, como si sus falanges enguantadas ya supieran exactamente qué superficie desinfectar primero…
El mundo exterior se convirtió en un espectro de sombras difusas tras las esclusas de polietileno. La Unidad de Bioseguridad había sellado la sala en un tiempo récord, levantando un muro de plástico que crujía con cada ráfaga del aire acondicionado. Allí, atrapados en esa burbuja de aislamiento, los pacientes ya no esperaban una consulta; ahora sus dedos se apretaban contra la barrera translúcida, buscando una salida que el protocolo les había arrebatado.
Tras el velo de polietileno que ahora sellaba el despacho del doctor Bates, la figura del hombre-cuervo en una camilla era apenas una mancha errática. No estaba consciente; sus movimientos habían perdido toda gracia humana, adoptando esa brusquedad sacádica que Ágata reconoció con un escalofrío.
—Fiebre, qué fiebre… Todo por las malditas plumas.
Era como si el virus estuviera tratando de reprogramar sus nervios, convirtiendo sus espasmos en un eco grotesco de las aves que habían originado el brote.
—¿Ves Amelia, que era un hombre y no un pájaro? Te la creíste, ¿verdad?
—Te equivocas querida, lo fue. Esa tortura que sufre es el precio que tiene que pagar el ave por humanizarse.
—Ay, ay, yay… —dijo Ágata.
Entonces, la cremallera de la entrada principal se rasgó con un sonido seco.
No entró un equipo de hombres con escafandras. Entró ella.
Medía casi un metro ochenta. Sus plumas blancas, inmaculadas bajo la luz fluorescente, parecían almidonadas por el rigor de la Unidad de Bioseguridad. Bajo el ala derecha sostenía un portapapeles metálico.
Ágata sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Vio cómo la enorme ave se detenía frente a ella.
No cacareó. Con un movimiento sacádico de una precisión aterradora, giró la cabeza noventa grados para clavarle un ojo lateral, dorado y frío. Luego, con una garra de tres dedos amarillos, pasó una página del expediente, anotó algo con un bolígrafo y siguió caminando hacia el siguiente infectado, haciendo que sus patas escamosas repiquetearan rítmicamente contra el suelo de linóleo.--
Santiago Manuel de la Colina
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