La bandeja
Llevamos ya media hora esperando y nadie ha salido ni ha entrado por la puerta. He estado todo el rato scroleando, mientras echaba un ojo disimuladamente a los demás. Somos diez personas. La sala es bastante grande, afortunadamente, porque odio esos sitios donde te hacen esperar pegado a un completo desconocido.
Cuatro están haciendo lo mismo que yo. Hay una señora con un libro y dos personas con portátil. Sólo dos no están haciendo nada. Pero, uno de ellos ha estado hasta hace un momento hablando con su madre por teléfono. Como es el que más cerca tengo, sé que se llama Ángel. Se oía la voz de su madre con bastante claridad.
De pronto, se abre una puerta lateral, en la que no me había fijado antes. Una mujer muy seria sale con una bandeja muy grande y la deja en la mesa del centro. Ángel se levanta y le interpela: "¿Esto va a tardar mucho? Llevamos ya más de media hora esperando. Todos. No ha entrado nadie. No tiene sentido." La mujer sonríe con poca efectividad y contesta: "Tengan paciencia". Y con lenta indiferencia vuelve a desaparecer por la puerta lateral.
Uno de los que estaba con el móvil, un chico joven y guapetón, se acerca a la bandeja con curiosidad.
—¡Increíble! -levanta la vista hacia nosotros con cara de estupefacción.
Nos pica la curiosidad y todos le miramos, salvo la mujer del libro. El chico señala la bandeja.
—¿Habéis visto lo que nos han traído? Parece que lo de la paciencia va en serio…
Ángel se acerca a la bandeja.
—¡No! -risilla nerviosa.
—¡Sí! -se ríen los dos con complicidad.
—¿Qué pasa? -dice una chica feucha que está sentada junto a la puerta por la que todos hemos entrado.
—Nos ofrecen un pequeño arsenal para botellón.
—¡No!
—¡Sí! -dicen los dos chicos a la vez.
Ella se levanta sonriendo y analiza la bandeja.
—¿Y ahí que hay? -señalando unas cajitas. Cada uno coge una y las abren.
—¡Dios mío, creo que son drogas!
—¡No, no, no! ¡Esto es surrealista!
—¿Qué hay en esa?
—¡Preservativos, tío!
—¡No me lo creo!
La chica da un leve paso hacia atrás. La mujer del libro levanta la cabeza.
—¿Estáis bromeando?
—No, no… Es lo que hay: Alcohol, drogas y preservativos.
—Y una llave.
—¿Una llave? - dice la chica feucha, dando de nuevo el leve paso hacia delante.
—Vale. Yo me quedo con la llave -dice un hombre.
—¡Ja! ¡Esa es buena!
—¿Y si dejamos todo en la bandeja y punto? Además, supongo que pueden llamarnos en cualquier momento. Debe de ser una broma, o un experimento, ¿no? -digo yo.
—No sé yo. Esto puede interpretarse como larga espera. Larga y fiestera.
Ángel coge un vaso, dos cubitos, ron y coca-cola y se monta un cubata bien cargado. Se lo bebe casi de trago. La chica feucha, con los ojos como platos, se ríe a carcajadas, alargando inconscientemente la mano hacia la bandeja.
La música del hilo cambia de pronto de ambiental a disco. Todos los jóvenes lo celebran, se levantan y se acercan a la bandeja. Quedamos sentados cuatro: el que no hacía nada, la del libro, uno con portátil (que ya no hace nada con él) y yo. El que no hacía nada se levanta y se marcha. El otro cierra el portátil dando un gran suspiro, se levanta y agarra una botella de whisky entera. La feucha protesta y él le propone compartirla. Ella sonríe y ofrece su vaso. Para mi sorpresa, la mujer del libro, aunque no se mueve de su sitio, saca de su bolso un cigarrillo "condimentado". Entorna los ojos y se suelta el pelo.
Yo observo todo con incredulidad, busco alguna cámara escondida.
—Debe de ser una broma. Es una broma, ¿no? -pero, nadie me responde.
Al poco tiempo, algunos han echado mano de la cajita de las drogas. La música ha subido de volumen y ha cambiado a reggaeton. La mujer del libro se ha descalzado y se ha desabrochado un par de botones de la blusa. La pareja del whisky se besuquea en una esquina. Los otros jóvenes bailan, cantan y hacen el mono por la sala.
Necesito hacer fotos… Pero me lo prohiben por megafonía. ¡Así que sí hay cámaras!
Llevamos más de dos horas aquí encerrados, yo sólo he tomado un poco de refresco para no morir de sed. "Debe de ser una broma", sigo pensando. Pero me resulta demasiado larga. "¿No será un experimento?" Empiezo a dudar sobre qué hacer. Miro al resto, todos borrachos y drogados. ¿Me voy? Pero, soy la única persona con la lucidez intacta. ¿Y si se les va de las manos, quién lo frenará? Esto tiene pinta de experimento social. No creo que ellos lo paren. ¿Pero, yo podré hacer algo si se ponen brutos?
La mujer del libro se levanta y va hacia la mesa. La vigilo. Creo que es la peor de todos. Coge un preservativo y grita: "¿Algún voluntario?"
—¡Eh! - grito- ¡Ya! ¡Ya basta! ¡El experimento termina aquí! ¡Párenlo!
Después todo se vuelve negro.
Me desperté en el hospital al día siguiente. Por lo visto alguien me golpeó en la cabeza y me dejó inconsciente. Los médicos dicen que ingresé a las once de la noche con evidentes signos de violencia por todo el cuerpo.
Yo había entrado en la sala de espera a las diez de la mañana, y serían las tres de la tarde cuando me dejaron inconsciente. Hasta las once, me tuvieron inconsciente en aquella sala a expensas de lo que los otros ocho quisieran hacer conmigo, completamente desinhibidos y creyéndose sin vigilancia.
Salieron todos los vicios y a mí me tocó ser el objetivo de su violencia.
Al cabo de una semana, en la que me fue imposible contactar con la empresa que nos había convocado, apareció en mi buzón un sobre con dinero: trescientos mil euros.
MARÍA J. LÓPEZ SARIÑENA
Comentarios
Publicar un comentario
Tu oipinión es importante. Déjala aquí.