Clavados en él
Despedí a doscientas cincuenta personas, vuelvo con el todo terreno de estreno, enorme, cobro bien, mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Jorge, calvo, gordo y seboso, viste chándal dorado y conduce repitiendo mentalmente su mantra: mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Atraviesa el valle frondoso con su cochazo. Desde arriba, se imagina, se vería la carretera como una variz en la epidermis boscosa, y su coche y él serían como un trombo en dirección a una fábrica. Jorge conduce y sonríe, el traje de la percha colgado de la manija izquierda del techo rebota, parece que se va a descolgar, así que se gira para colocarlo bien y un golpetazo frontal activa los extras caros de seguridad del vehículo, que frena poco a poco manteniendo la dirección hasta pararse. Los airbags le han protegido, ha quedado encapsulado en mullidos almohadones que ahora se deshinchan. Vuelve el silencio tras el estruendo, vuelve a mirar al frente girándose sin dificultad y ve a uno...