Entradas

Clavados en él

Despedí a doscientas cincuenta personas, vuelvo con el todo terreno de estreno, enorme, cobro bien, mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Jorge, calvo, gordo y seboso, viste chándal dorado y conduce repitiendo mentalmente su mantra: mi trabajo es necesario para que la economía funcione. Atraviesa el valle frondoso con su cochazo. Desde arriba, se imagina, se vería la carretera como una variz en la epidermis boscosa, y su coche y él serían como un trombo en dirección a una fábrica. Jorge conduce y sonríe, el traje de la percha colgado de la manija izquierda del techo rebota, parece que se va a descolgar, así que se gira para colocarlo bien y un golpetazo frontal activa los extras caros de seguridad del vehículo, que frena poco a poco manteniendo la dirección hasta pararse. Los airbags le han protegido, ha quedado encapsulado en mullidos almohadones que ahora se deshinchan. Vuelve el silencio tras el estruendo, vuelve a mirar al frente girándose sin dificultad y ve a uno...

Reto literario para el 5 de febrero de 2026: escribir un relato sobre un momento álgido

Imagen
 

Una jaula de diamantes

Era el invierno del año dos mil dos, Diana y su hijo se encontraban solos en casa, las ventanas de su chalet completamente cerradas y las lámparas con luz suave y débil. Ella estaba con el niño, que jugaba en el cuarto infantil. Junto a él se sentía protegida, a pesar de que al mismo tiempo que le escondía de escenas que iban a traumatizar al pequeño para siempre. En momentos como este, se sentía algo más tranquila, a pesar de que el miedo a que él llegara se respiraba por todas partes. David, su marido, era un hombre de negocios, así le gustaba a él que le llamasen. Era cierto que en el aspecto material no les faltaba de nada. Este hombre no tenía horarios fijos. De esta manera llegaba sorprendiendo, eso le hacía un ser humano más terrible aún. Lo más asombroso es que Diana, cinco años antes, se había casado enamorada, él en aquella época era muy cariñoso y atento con ella. Ella ya no recordaba cuando ni como todo había cambiado, o si había sido progresivamente, pero el m...

Tres deseos

Enero 2026 El sol resplandecía. Luís se sentía a gusto bajo esos rayos que transmitían. Estaba leyendo un libro sentado a la orilla del río. El sonido de los pájaros y la corriente del agua era música relajante. Oyó un ruido y se puso en guardia por si había algún animal amenazante. Divisó un hombrecillo pequeño de orejas largas con cara de simpático que le habló: _ Soy el duende de los deseos. Pídeme tres y te los concederé. Luís atónito dijo: _ Siempre he sentido curiosidad por la vida de Jesús de Nazaret. ¿Puedes transportarme a esa época sin que pierda mi noción del hoy? _ ¡Concedido! Si te ves en apuros llámame por mi nombre, Samuel. Luís se vio en una montaña entre la multitud de gente que escuchaban al Maestro, un hombre que hacía milagros. Es posible, él a veces creía en los milagros. Los padres de Jesús se llamaban José y María. En la religión Católica de Luís el niño había sido concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Decían que ya desde pequeño no se adaptaba a la soc...

Química retrógrada

Cuando pulsó el botón de su máquina, el tiempo empezó a rejuvenecer y a ganar lozanía. De un solo golpe, su humildad quedó destrozada; se infló de un orgullo que absorbió todos los pecados del mundo. El aire retrocedió ante su cuerpo. Las paredes respiraron olores olvidados. Phillips sintió que el futuro se le desprendía del cuerpo como una piel enferma. Había construido la máquina del tiempo con restos, con planos robados al sueño y a la desesperación. Nadie creyó en él. Tampoco importaba ya. Estaba decidido a corregir una sola grieta en la historia, una mínima desviación que, según sus cálculos, devolvería a su familia el nombre, la casa y la dignidad perdidos en la Gran Depresión. No pedía más. Eso creía. Llegó a Londres en 1928, a un hospital que olía a desinfectante débil y a pobreza antigua. Entró al laboratorio de Alexander Fleming como un fantasma que ya conocía el camino. Tomó las placas de Petri donde un moho verdoso había decidido, por error, salvar al mundo. Las guardó con ...

el Megalito

Como todas las mañanas de este último mes, cogí mi bici a continuar mi peregrinación, mi viaje hacia dentro, como decía yo cuando me preguntaban. Aquel día salía del Sarria. Era primavera y la zona estaba espectacular. Me dirigía hacia PortoMarin; me habían hablado mucho de esa zona y le tenía muchas ganas. Iba a buen ritmo, cruzando pequeños pueblecitos gallegos: naturaleza y humanos en comunión, rebaños de vacas, árboles y el camino. El tiempo empezó a nublarse y los truenos se convirtieron en la música de mis oídos. Comenzaron a caer las primeras gotas y no se veía ningún lugar donde ponerme cubierto. Salí del camino principal buscando refugio. El camino era estrecho y difícil pero por suerte al poco tiempo a lo lejos vi una especie de cueva y aprete el pedaleo. La lluvia caía cada vez más con más fuerza. Al acercarme, me di cuenta que no era una cueva, sino una especie de megalito. Me serviría igual, sería ideal para resguardarme de la lluvia. El espacio era pequeño, pero suf...

El discípulo

Todo da vueltas y no consigue enfocar las imágenes. Sabe que estas sensaciones van a durar unos minutos y que probablemente vomitará entretanto. Cada vez ha sido así. Es mejor permanecer lo más quieto posible hasta que pase. Son unos minutos tensos de malestar y de peligro. No sabe dónde ha "caído", en medio de qué. De quién. Es mejor esperar, dado que tampoco puede hacer gran cosa sin ver y absolutamente mareado. Se queda muy quieto esperando que las formas empiecen a definirse y a estabilizarse. Intenta contenerse pero, una vez más, vomita. Está, como siempre, desnudo, pero lleva una bolsa, la única cosa que le acompaña desde el punto de origen. Deberíamos decir desde el tiempo de origen. Y esta vez tuvo en cuenta más detalles. Todavía a tientas, saca unas prendas de ropa neutras y, tambaleándose, se las pone. Hace frío. Después saca una botella de agua y bebe para quitarse el mal sabor del vómito. Está en medio de la nada, en un campo. Ya percibe con más claridad el paisaj...

El cuello de la mujer desnuda

—Es un antes y un después: primero, la biología molecular ha demostrado que la vida está diseñada por un creador, la evolución no parte de cero, alguien puso una primera materia que reaccionara, como un hidrogel que se expande en contacto con el agua; segundo, la arqueología extraterrestre ha demostrado que construcciones de hace miles de años contienen materiales de planetas exogalácticos, que alguien trajo a propósito; tercero, y lo más importante, sólo cuando en la sociedad las religiones se han amortizado, la ciencia descubre que dios existe, no como consecuencia de una necesidad de encajar la realidad desconocida, sino como causa de conocer la realidad. Layeni, doctora en biología molecular, hablaba con firmeza y confianza, y su seguridad y el respaldo científico con el que iba sentando verdades irrefutables, obnubilaba al público; ¿a todo el público?, no, el ujier Paco cejeaba incómodo y hacía mohínes porque no soportaba la suficiencia de esta mujer, y en general de las mujeres. ...

El enigma de la Corona del Muerto

No hay mejor antídoto contra el tedio que un buen asesinato. Lo aprendí aquel invierno, cuando el viento del monte parecía susurrar secretos entre las cortinas de terciopelo de mi estudio. Yo, Jaime Arquet, aristócrata sin causa, había fundado mi agencia de detectives por puro aburrimiento. Lo que no esperaba era encontrarme con un asesino tan meticuloso como yo. Todo comenzó con una serie de muertes en apariencia naturales. Hombres y mujeres de mediana edad, sin antecedentes médicos relevantes, caían fulminados en distintos puntos de la ciudad justo después de una gran comilona u opípara cena. Un detalle estúpido, quizá, pero los detalles son mi especialidad. Tras meses de revisar informes, encontré un único patrón: todos habían visitado al mismo dentista meses antes de morir. Pero ¿cómo se relacionaba ese hecho con los asesinatos? Se sabía que morían envenenados con cianuro. Todos eran aristócratas reconocidos, tanto hombres como mujeres, y aquello venía sucediendo desde hacía tres a...

Un pequeño sabio

Un pequeño sabio De muy buen porte y buena posición, tranquilo, recostado en su sillón y con estilo su pipa fumaba, más esa tranquilidad se esfumaba al ver a su hijo entrar enrabietado que pataleando había llegado. -Papá, que yo no quiero ir al dentista, pero mamá se empeña la muy lista en que vaya. ¡Papá, mira, por favor, aunque ella me diga que no hay dolor el estúpido doctor no me gusta, es feo, tosco, este hombre me asusta. El padre sonriendo con entereza movió ligeramente la cabeza tomando a su hijo pequeño en los brazos dándole un montón de dulces abrazos, tranquilizó al niño y despacio, dijo: -Vamos a ver; tu no te asustes hijo. que este doctor no te hará ningún daño si te portas bien, al final del año iremos la familia de excursión al monte, que tu mayor ilusión es jugar con la nieve del invierno así que el dentista no es el infierno. El niño mucho más apaciguado miró su reloj de cuarzo do...