Arturo Romero: nombre de ficción.
Decían que era un niño espabilado, que no lo podían engañar fácilmente, pero, se equivocaban. Había otros más espabilados que él o al menos con más mala leche que se aprovechaban de su buen hacer. Arturo se daba cuenta, incluso los veía venir. Sus risitas y sarcasmos les delataban, más no le importaba. Pensaba a sí mismo que eso le servía para aprender. Demasiado “aprendizaje” llevó a lo largo de su vida. “La línea que separa a una persona buena de otra tonta es tan delgada que nunca sabes cuando la traspasas”. Y eso le pasaba al chico también en su adolescencia. Quería ser bueno y a veces se convertía en tonto. Tenía gustos diferentes de sus amigos. Le gustaba la lectura, la poesía, el teatro, la música, cantar, incluso llegó a aprender algunos acordes y componer canciones, que él mismo cantaba con esa vieja guitarra que le regaló su tío Félix con todo el cariño del mundo, pero que en realidad sonaba igual que un gato metido en un saco. Era su diversión. Cuanto otros se divertían tira...