Arturo Romero: nombre de ficción.



Decían que era un niño espabilado, que no lo podían engañar fácilmente, pero, se equivocaban. Había otros más espabilados que él o al menos con más mala leche que se aprovechaban de su buen hacer.

Arturo se daba cuenta, incluso los veía venir. Sus risitas y sarcasmos les delataban, más no le importaba. Pensaba a sí mismo que eso le servía para aprender. Demasiado “aprendizaje” llevó a lo largo de su vida. “La línea que separa a una persona buena de otra tonta es tan delgada que nunca sabes cuando la traspasas”. Y eso le pasaba al chico también en su adolescencia. Quería ser bueno y a veces se convertía en tonto. Tenía gustos diferentes de sus amigos. Le gustaba la lectura, la poesía, el teatro, la música, cantar, incluso llegó a aprender algunos acordes y componer canciones, que él mismo cantaba con esa vieja guitarra que le regaló su tío Félix con todo el cariño del mundo, pero que en realidad sonaba igual que un gato metido en un saco. Era su diversión. Cuanto otros se divertían tirando piedras a los tejados y sus padres aplaudían sus travesuras. ¡Cosas de chavales! Decían. Arturo se pasaba horas intentando aprender a poner los dedos en los trastes de la guitarra con la ilusión de que algún día sonaran limpios. Soñaba con ser artista. ¡Qué iluso! Otros pensaban que era una pérdida de tiempo, que tenía demasiados pájaros en la cabeza. Los mayores creían que ese tiempo debería aprovecharlo para algo más productivo como ordeñar la cabra, dar de comer a los pavos, abriéndoles el pico y metiendo la comida en la garganta del tonto del pavo que no sabía comer por si mismo. Todo esto también lo hacía, pero estaba deseando terminar la tarea para coger la guitarra de su tío Félix o leer un viejo libro de su abuelo al cual ya le había dado millones de vueltas.

Se hizo adulto, con una familia que mantener, a la cual adoraba y era siempre su prioridad. Trabajó duro toda su vida, abandonando en parte la lectura y la guitarra (ya hecha por un luthier). Dio a sus hijos la oportunidad de tener un nivel cultural alto, sacando éstos varias carreras, (cosa que él no pudo hacer). Trabajó y trabajó, más horas de las que tiene un reloj, para disfrutar de una vida digna en su vejez sin hacerse para nada rico, solo obtener el fruto de su esfuerzo. Pero, por ayudar a terceros...firmó donde no debía y... ¡Todo lo perdió! Su torre de naipes cayó.

Soy Arturo Romero. Ya no tengo herencia para dejar a mis hijos, excepto, mis torpes escritos, los vídeos de las obras de teatro en las que participo, mis canciones y mi guitarra.

Las personas cuando nacen de una forma...es difícil que cambien.

A pesar de estar en mi vejez y con los muchos años de aprendizaje que me dio la vida... aún me pregunto si alguna vez aprenderé a saber distinguir esa línea que me lleva “de bueno a tonto”. Todavía no sé cuando estoy a punto de traspasarla y parar antes de cruzar. ¿Quizás nunca? ¡Quizás!

Mari Carmen Olmos

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