El mostrador de enfermería es una barra de bar.

Cada vez que algo se cuenta la verdad se desgasta, como si lo contado se lanzara al espacio y se despedazara por el roce de las miradas de quienes lo recuentan, por eso esta vez lo cuento yo, la persona a quien sucedió, para ver si al contarlo, yo mismo, soy consciente de lo que pasó, ..., es como alejarse para ver un paisaje, alejémonos:

Antonio Díaz es llamado y entra a la sala de tratamientos, se pone una mascarilla, se lava las manos, le toman la temperatura y la tensión, se sienta en el sillón que le indican, la enfermera le toma una vía, le ponen las bolsas y los medicamentos van entrando al torrente sanguíneo gota a gota. Antonio no puede parar de hacerlo, de girar la cabeza y dirigir la mirada hacia el goteo; de vez en cuando, cada quince minutos por ejemplo, y al mirar al rededor se da cuenta de que todos los que allí están sentados, frente a frente, de vez en cuando miran su gotero.  Todos miramos nuestro gotero de vez de en cuando, como se mira la lluvia. 

La sala es un engranaje, o un taller, donde hay cuerpos averiados que están siendo reparados, no para arreglarlos en la mayoría de los casos, si no para que sigan funcionando, a pesar de todo. Enfermeras taladran brazos e inyectan líquidos. Los brazos son la boca.

Antonio Díaz tiene el tratamiento más lento, encima de la mesilla adosada a su sillón ha puesto dos libros, las gafas de presbicia,  el móvil y una botella de agua; y el tiempo lo gasta picando de cada elemento, como un pajarillo enjaulado y su comedero: coge un libro, está diez minutos con él, bebe, mira las noticias en el móvil, coge otro libro, mira su gotero, se quita las gafas, mira a los demás en un juego de esquivar miradas, se pone las gafas, bebe... Son seis horas.  Antonio teme que lo que siempre lo ocurre en la sala de tratamientos vuelva a ocurrir, y empieza a sentir los primeros dardos en su cabeza, los primeros pensamientos que vuelven como un bumerán, recalcitrantes. Un pensamiento, luego otro, vuelve el primero más grueso, viene un tercero, vuelve el segundo, viene un cuatro, vuelve el tercero más grueso. Hay niños riendo en alguna parte, qué sentido tiene estar aquí, no doy a basto con el trabajo, hay niños riendo siempre, para qué vengo a esta sala, el trabajo es lo que menos me importa y es lo que más me pesa, hay gente que no enferma, odio a la gente que no enferma... Antonio, con otros ojos, si se mirara de lejos, podría ver  una lluvia de letras times roman doce cursiva cayendo sobre él, una nube negra de letras que forman frases, que dictan sentencias, y sentencias que se retuercen, culebras de palabras que caen sobre su cabeza de la nada, del sinsentido, de la sala, y empieza a hiperventilar, y siente pánico, y se reduce el dióxido de carbono en la sangre y el gotero parece ir más rápido, y todos los goteros suenan a botas subiendo escaleras.

— Antonio, ¿estás bien?

La sala se ha vaciado, Antonio está solo, le quedan dos horas, todo el personal está dentro, y se les ha olvidado encender las luces, la noche se mete por la ventana. La intervención de la enfermera en pleno ataque de ansiedad le dio una pausa y se acordó de una conversación que tuvo con un maestro Zen, por puro azar, como las cosas pasan,  y rompió la nube de letras con meditación, que es respirar pausadamente y pensar en nada, y que funciona como una gota de mistol en un plato de agua y aceite. Nada.

— Ay, pobrecito, se nos olvidó encender las luces, te dejamos a oscuras.

— Lo prefiero así, no las enciendas por favor.

La enferma asiente y se va. El mostrador de enfermería es una barra de bar. 

Toni Díaz 

 

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Haikus con aguinaldo.

Desayuno buffet

Nadie debe ser feliz