El relato que Santiago entregó mañana



Era temprano, tarde o noche… El sol no tenía cara para decirlo. En su memoria había nubes o velos, o lagañas en los ojos. Bruma tardía de un sueño aletargado expuesto a largas horas de consumo. Mente adornada de chispazos neuronales. Entonces, ¿qué son la conciencia o la memoria misma?

Santiago no sabía si lo que tenía allí, ante sus ojos, era un relato o una forma de ganar tiempo.

Tenía que entregar un texto al día siguiente al mediodía, como máximo. Los límites, después de todo, son una estela amarga. Eso era un hecho. Lo demás empezaba a volverse borroso en cuanto intentaba escribirlo. El ordenador tenía un rostro demasiado deslumbrante. Cerró los ojos. Aun así, el brillo le quemaba los ojos. Abrió el documento, escribió su nombre en la parte superior y lo miró durante unos segundos, como si no terminara de pertenecerle. Soy yo o no. ¿Qué dice un nombre? Un genérico. Santiago, ocho letras, una nada.

Decidió usar la tercera persona. Era más fácil observarse desde fuera. Menos comprometido y menos acuciante.

Santiago se acomodó recto, adusto, frente al ordenador como si el aparato fuera una suerte de autoridad. Pensó en escribir sobre algo real. No porque creyera en la honestidad de la memoria —Dios, ¿quién puede?—, sino porque inventar requería una energía que no tenía esa noche, tarde o mañana. Recordó entonces una sala, voces mezclándose, una sensación de armonía que todavía le vibraba en el pecho. El coro. Mozart… su Réquiem… crónica de una muerte anunciada. Pobre Wolfgang. O quizá solo la idea del coro, sin armonía específica.

Dudó. Borró la palabra “coro” y escribió “recuerdo”. Le pareció más honesto.

Recordó algo —o creyó recordarlo—, pero no estaba seguro de si lo estaba evocando en ese momento o si ya lo había escrito antes. Esa duda lo incomodó más de lo esperado. Volvió a leer la frase. Sintió que había llegado demasiado pronto, como si el texto diera pasos delante de él, firme, desenfadado.

Se detuvo. Pensó que quizá el problema no era la historia, sino la forma. Que alguien —no él exactamente— estaba organizando las frases. Probó a escribir algo distinto, algo que rompiera el hilo:

“Esto no debería estar aquí”.

Lo dejó así, en medio del texto, como una grieta. Una herida de realidad. Pensó que los paréntesis eran una especie de cicatriz. Una cortada accidental que deja su marca permanente es un paréntesis en la vida de alguien. Que si otro la ve, dirá: “Hay una explicación que brota de su piel”.

Santiago se recostó en la silla. Se preguntó en qué momento un ejercicio se convertía en una trampa. Había empezado escribiendo sobre sí mismo para simplificar las cosas, pero ahora no estaba seguro de ser quien decidía qué partes de su vida deberían aparecer. Algunas escenas se insinuaban solas, como si insistieran en participar: una conversación olvidada, una mirada incómoda, un silencio demasiado largo. Cicatrices.




No todas eran ciertas. O tal vez sí.

Pensó en añadir algo más claro, algo que cerrara el relato. Un final, al menos. Pero cada intento le parecía artificial, como si estuviera resolviendo una historia que no le pertenecía del todo.

Su mirada fue a dar a una ventana. Estaba el viejo árbol del jardín. Caviló sobre el desarrollo de la naturaleza, por ejemplo, el crecimiento de ese árbol y su manera casi impredecible de madurar, y se preguntó si había algo así, como eso, en la mente, una especie de crecimiento o desarrollo fractal. El crecimiento de un árbol y el de la mente compartían algo esencial: No son lineales y se ramifican. Sí, repiten patrones a distintas escalas y son sensibles al entorno. Un pensamiento no crece en línea recta: se bifurca. ¿Eso era lo que le estaba pasando? Como un árbol que no sabía hacia dónde crecía, pero crecía igual. Cada recuerdo era una bifurcación, y en cada bifurcación dejaba de ser exactamente el mismo.

Volvió al inicio, a la raíz.

“Santiago no sabía si esto era un relato”.

La frase seguía ahí, intacta. Le sorprendió no recordar haberla escrito exactamente así. No estaba escribiendo una historia: estaba viendo cómo se le ramificaba.

Miró la hora. No quedaba tanto.

Decidió no tocar nada más. Guardó el documento con un nombre provisional, aunque tuvo la impresión de que ya existía una versión anterior con ese mismo título. No hacía falta buscarla, sabía que estaba-no estaba, un asunto muy Schrödinger.

A la mañana siguiente, envió el relato. Más tarde, al releerlo, encontró una línea que no recordaba haber escrito:

“Este es el relato que Santiago compartió mañana al mediodía”.

Se quedó mirándola un rato. No supo si corregir el tiempo verbal o dejarlo así.

Entonces concluyó que no le había puesto un final. ¿Es que acaso le había escrito un principio? Cuando la vida es un bucle, no hay comienzos ni finales, todo es un continuo, una espiral de letras que se ahoga en el infinito.

“Eso soy, después de todo, un conglomerado de palabras”, remató.

¿Y quién hablaba, Santiago o el relato mismo?

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Santiago Manuel de la Colina
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