El último cumpleaños



Vanesa estaba muy segura y decidida, quería hacer lo que le salía del corazón y era no querer estar en ninguna otra parte que no fuera allí mismo a su lado.


Unos días antes habían recibido aquella noticia tan desgarradora. A su marido le habían diagnosticado un cáncer de pulmón y mucho peor, metástasis en clavícula y cadera. Un cáncer en estadio IV, un horror. Él estaba casi un mes con un dolor fuerte en el hombro, muy cansado, pérdida importante de peso y en principio se pensó que era una simple tendinitis.


Sus vidas se tambalearon con una sacudida espantosa. Ella había llorado desconsolada delante del médico, este era especialista en neumología y les habló aquella tarde, de algo de esperanza, de nuevos tratamientos, de la juventud de Ernesto, le preguntó si a sus cuarenta y nueve años estaba dispuesto a luchar y él contestó enérgico que sí, con todas sus fuerzas.


Este mismo doctor nos derivó al oncólogo y la perspectiva cambió por que este se mostró menos positivo. Ernesto le dijo:

Bueno, vamos a darle guerra a este ' bicho ', a ver si acabamos con él.
La respuesta no se hizo esperar:

No has hablado con ningún otro médico todavía, por lo que veo que yo soy el primero. Y aunque no era así realmente, ellos callaron y escucharon con mucha atención.

Verás es que lo cierto es que no te curarás, pero si que vamos a mejorar tu calidad de vida y alargarla todo lo que podamos......


Y Ernesto se hundió, a partir de ese momento cambió su actitud, su ánimo y luchó, sí que luchó, pero de una forma muy distinta.


Esta historia ocurrió en dos mil diecinueve, la pandemia de covid, estaba a punto de conocerse. Ellos dos pasaron solos todo el tiempo en casa y con idas y venidas al hospital. Para evitar el contagio era mejor estar en casa y solos. Ernesto confiaba plenamente en su mujer Vanesa, porque además de saber el amor que ella le tenía, era sanitaria y se ocupaba de todo lo relacionado con su enfermedad. Ella se hizo la fuerte, y a veces sentía una energía desconocida para ella que no la dejaba desfallecer.
El recibió quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia y todo lo descubierto hasta ese momento. Nada le fue util, el cáncer se instaló a sus anchas e hizo su trabajo hasta el final. Esas células criminales se reproducían a tanta velocidad que Vanesa a veces, acostada a su lado parecía las escuchaba o eso creía ella. Lo cierto es que el metabolismo de Ernesto iba muy acelerado, la fiebre y sobre todo el dolor de sus huesos lo zarandeaban constantemente, ella entonces le pinchaba morfina subcutánea, como el medico de cuidados le había dicho y a veces un poco más. Había perdido el apetito y cuando lo recuperaba, ella hacía un riquísimo pastel de chocolate y lo comían juntos, como hacían todo, juntos dormían, comían, lloraban, hablaban de todo menos de la muerte, eso estaba prohibido, no podían soportar tanto dolor a la vez que estaban siendo tan valientes, tenían mucho miedo.


Algunas tardes, cuando él se encontraba un poco más fuerte, salían al balcón a aplaudir a los sanitarios y él le dedicaba a ella casi todos sus aplausos y le decía que estaba muy guapa con su pelo de color naranja. Vanesa era rubia pero un día se presentó en la habitación teñida de pelirroja, ella misma se lo había hecho en secreto. Cuando la vio rompió a reír cogiéndose la cadera que tanto le dolía y exclamando:

Estas un poco loca.......
Él había perdido ya todo el pelo a consecuencia de la quimioterapia y ella le dijo:


- Quiero que sepas y veas que lo importante no es el pelo, el aspecto físico, lo importante es lo que todos llevamos dentro- él la miraba sonriendo, estaban aprendiendo la lección.


Ernesto murió a los diez meses, el diecisiete de mayo, el mismo día que cumplía los cincuenta años. Fue de madrugada, llevaba ya una semana que estaba cada vez más débil. Esa noche, ella se acostó a su lado como siempre, él estaba extrañamente tranquilo, a las cuatro le tocó la frente y a pesar de que estaba caliente, pudo comprobar que ya no respiraba.


Vanesa sintió un vacío comparable al que sintió cuando fallecieron sus padres, comparable al vacío que queda en los cuerpos, cuando el alma se va.




MARIA JOSE SAURA

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