En rosa



Quizá no sepamos nunca porqué María continúa escribiendo después de tantos años, de no haber ganado ningún premio ni el interés de ninguna editorial, ni haber pasado de unas ventas anecdóticas en sus dos libros publicados por autoedición. Pero, lo cierto es que sigue escribiendo, tanto poesía como relatos o pequeñas novelas. Tiene en proyecto y empezadas tres novelas más ambiciosas que no consigue terminar. “De momento”, eso dice en su cabeza. Porque no se rinde y cree que será capaz.

¿Por qué no se rinde? Quizá no sabe rendirse. Quizá se aferra a aquel encuentro. Quizá cree que fue un mandato, o una promesa o una premonición.

Ella era joven, estudiante del Conservatorio de Música todavía, en Madrid. Cuando los días transcurrían entre estudio del instrumento, ensayos con los múltiples grupos de Cámara y la orquesta, clases teóricas y prácticas, viajes en metro y cercanías, comidas rápidas, cañas con los compañeros a cualquier hora del día (bastaba con que alguno lo sugiriera) y algún botellón nocturno. En cada intervalo entre toda aquella actividad, María sacaba sus ratos para escribir sin proyectos definidos, sin ambición, sin objetivo, sólo por la necesidad de escribir. En las hojas no utilizadas de la agenda, en una servilleta, en el diario, en los márgenes de un libro, en una hoja suelta… Donde fuera. La mayoría de las veces, por no decir todas, de manera automática, sin reflexión, simplemente como derramamiento de sus emociones y sensaciones, que no era capaz de procesar ni de entender de otra manera, aunque el resultado en palabras fuese igualmente abstracto, simbólico y difícil de comprender. A ella le servía.

En aquellos días todavía decía que odiaba el rosa. Pero, no tuvo más remedio que comprar una agenda con las tapas de color rosa fucsia, porque la otra opción en el modelo que quería, era un feo naranja amarronado, deprimente, que le daba asco al tenerlo entre las manos. Parecía oler mal y le revolvía el estómago. El largamente rechazado rosa parecía menos problemático, aunque todavía se enfadaba consigo misma al sacar la agenda en público.

Aquella tarde sacó la agenda en el metro. Un impulso repentino por escribir, algo habitual en ella, aprovechando que iba sentada y había poca gente en el vagón. Sacó la rosa agenda y buscó hojas no utilizadas. En mitad de la inspiración el boli dejó de funcionar. Expresó su frustración con un chasquido de lengua y una muda palabrota.

—Toma -oyó que le decían.

Un hombre sentado frente a ella le ofrecía un bolígrafo (mejor que el suyo).

—Gracias -lo aceptó. Y rápidamente siguió escribiendo.

Cuando terminó el fragmento levantó la vista. El hombre sonreía. Tenía los ojos claros, era muy corpulento, y el pelo castaño claro corto.

—¿Te gusta el rosa? - tenía acento del este, como ruso.

—La verdad es que no.

El hombre sonrió. María bajó la vista otra vez hacia su agenda, avergonzada por la pregunta. “Maldito rosa”. Jamás tiraría esa agenda, por todo lo que contenía, le tenía mucho aprecio, pero le seguía incomodando que fuese rosa. Le tendió el bolígrafo a su dueño para devolvérselo, con un amable: “Gracias”.

—Quédatelo.

—No hace falta. En serio -un poco contrariada e incómoda.

—Sí, quédatelo, de verdad.

—Bueno… Gracias.

—Sí que te gusta el rosa.

—No, qué va.

—No dejes de escribir nunca.

Se levantó con bastante agilidad para el cuerpo que tuvo que mover y se bajó repentinamente en la parada a la que acababan de llegar. Desapareció. Ella se quedó boquiabierta, con el boli en la mano, la agenda rosa sobre las piernas y dos frases incrustadas en su alma para siempre.

En ese instante se reconcilió con el rosa maldito.

El boli terminó por agotarse y, aunque lo guardó, en alguna mudanza acabó perdiéndose. Pero, quedaba el color rosa como recuerdo de aquel extraño encuentro, de aquel extraño mandato, que sus ansias por escribir tomaron como legitimación.

Aunque nadie lo lea, aunque a nadie más le interese, aunque no gane ni un duro de lo que escriba, aunque quede invisible para la humanidad. Hubo alguien, un desconocido, un extraño que apareció y desapareció, al que le interesó no lo que escribía, sino sólo que lo hiciera.

María creyó que se trataba de un ángel, o al menos un ser divino, da igual su jerarquía, y que él vio el crecimiento de su alma en el acto de escribir. No necesita escribir para fuera, para la sociedad. María escribe para redimir al mundo, aunque el mundo la desconozca.




Quien quiera creer que tal ambición es posible (y sana) es libre de aplaudir, e incluso de unirse al proyecto.

O puede juzgar este relato como fantasía y mitificación del acto de escribir.

O puede juzgar, con indulgencia, la salud mental de quien crea esta posibilidad realmente.




Reto de Abril de 2026

María J. López Sariñena

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