La vergüenza
- ¡Rin, rin! Suena el despertador. Son las nueve; es pronto. Lo apaga.
Fernando es un chico de primero de B.U.P. de los años ochenta, exactamente 1988. Tiene catorce años y había pasado de ser el niño tímido del colegio al chico tímido, pero popular, del instituto. Parece ser que una vecina veterana del instituto soltó la “bomba” de que su padre era un tipo fuerte de gimnasio y su madre una chica yeye rubia de ojos azules; en resumen, que como era hijo de “Barbie y Ken”.
Iba camino a ser como los chicos de las revistas que todas llevaban en sus carpetas, cosa que nunca pasó, pero esto es de otra historia…Las chicas populares lo llevaban a la cantina a jugar a las cartas y los “malotes” querían ser su amigo para ligar con ellas. Fue desastre de trimestre: consiguió fama, un master en juegos de cartas y un millón de faltas de asistencia que sentenciaban su pena de muerte en casa. Algo tenía que hace.
A la hora de comer, con su madre sonriente y su padre aún con el uniforme de Policía Nacional, tras el turno de mañana, Fernando soltó:
- Papá, ya soy un hombre. He decidido dejar el instituto para ir a trabajar.
A sus padres se le cayeron las cucharas al suelo.
- Pero si vas bien…No te preocupes, que podemos pagar todo. Tu trabajo es estudiar-dijo su padre.
- No tengo ilusión por estudiar y mis amigos ya están cogiendo naranjas con sus abuelos-replicó
Su madre se echa a llorar. De repente se escuchó un ¡PUM!: su padre da un puñetazo en la mesa de punto y final.
- ¡Mañana empiezas en la panadería de mi amigo Miguel! por cierto, de aprendiz, sin cobrar y sin paga. Ahora si eres un hombre.
Al día siguiente fue a darse de baja al instituto para que no llegaran las faltas. Pasó dos horas terribles de interrogatorio, pero al final el director quedó satisfecho con la historia de que su familia era pobre y tenía que trabajar. Vaya tela… Cada vez echaba más de menos a aquel niño tímido e impopular, pero con una paz de vida extraordinaria.
Se despertó tarde para ir a la panadería. Con las prisas se le olvidaron los calzoncillos. Entró con cabeza baja, saludando tímidamente al jefe y a su compañero panadero de primera, Pepe “la porreta”.
- Aunque llegas tarde, aprendes rápido-dijo el jefe -. Hoy sales a repartir con Pepe. También cobras tus primeras cinco mil pesetas.
Fernado pensó: ¡Por fin cambia mi suerte!
Pero no fue así. Cuando se agachó a por leña para el horno, ¡zas!, se le rajó el pantalón dejando ver su entrepierna. Pasó una mañana horrorosa andando como “Chiquito de la Calzada” durante el reparto de pan aguantando las burlas de Pepe la porreta.
El segundo trimestre volvió al instituto con la lección aprendida:
No hay que tener vergüenza de decir que “no” a lo tóxico y decir “si” a lo favorable.
Lucky F.G.G
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