Yo estuve allí




El salón del restaurante estaba repleto. Repleto de gente trajeada, repleto de voces, de maquillaje, de olor a perfume caro. El protocolo lo exigía; ellos combinado de pantalón y chaqueta; ellas telas vaporosas, vestidos ceñidos las más, escotes atrevidos, las menos, en la muñeca, todos, la pulsera con la bandera patria.

Los camareros, con sonrisa forzada, de grupo en grupo, se aseguraban de que no hubiese copas semivacías ni paladares segregando (que segregasen).Nadie los miraba. Los invitados cogían una copa, dos copas, tres…El bullicio iba en aumento. Las voces ensordecían. El alcohol también.

La poderosa firma farmacéutica responsable del evento exigía que cada cual fuera portador de una tarjeta, una acreditación, lo llamaban , para acreditar que cada cual obedecía las consignas de la empresa: sumisión y rentabilidad , dos exigencias que les harían merecedores de sencillas contraprestaciones: degustación de exquisiteces gastronómicas, estancias en hoteles de lujo, (solos o acompañados) , viajes a rincones exóticos .A cambio solo tendrían que asistir a tediosos congresos, networkings , Smart meetings, e incluso algún que otro meetwork. A decir verdad, nunca faltaba quien por cobardía o por vergüenza no se atreviera a preguntar la diferencia entre el networking y el Smart meeting…¡Qué más da, se decían, lo que importa son las ganancias. Hábiles triquiñuelas habían conseguido que todo corriera a cargo de “fondos reservados” ironizaban guiñando un ojo.

En la sombra, desde un rincón del salón, mimetizado con el color de la pared unos ojos observaban, cual si fuera un ojeador, al rebaño humano; sumisión y beneficios, rentabilidad, obediencia y beneficios. Repetía satisfecho.

En otra sombra, cerca de la salida, llamaron su atención cuatro, cuatro sin credenciales, cuatro con un extraño protocolo; bastones de montaña, botas de montaña, gruesas parkas, mochilas, posiblemente también de montaña. Como si fuera el mastín guardando a su ganado el ojeador se lanzó a por ellos voceando

- que los detengan-

El revuelo agitó a los asistentes; hubo algunos gritos cuando los intrusos intentaban escapar chillando:

-pero, y a ti qué más te da; tacaño, miserable; sois unos rancios-

Los guardias de seguridad, alertados, los arrojaron a la calle. El orden se restableció.

De lo que ocurrió en Comisaría, días más tarde, cuando hubo que rescatar las mochilas confiscadas nada recuerdo.

Yo estaba allí, fui testigo de lo aquí narrado. En qué lado estuve, tampoco lo recuerdo. De lo que estoy segura es de que yo nunca he tenido telas vaporosas.
 
 Eva M-B  abril-2026

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