Youth
Ahora está mucho más delgada que al principio. Es más difícil verla, porque casi nunca entra a la habitación sola, pero es obvio que está más delgada. Ella nunca tuvo la precaución de pasar las cortinas. Ahora son los otros quienes pasan las cortinas.
La primera vez que la vi… mejor dicho, que la miré, porque la había visto siempre, en la ventana frente a la mía. No le había prestado atención nunca, hasta ese día. Era verano y estaban las ventanas abiertas, la suya y la mía. Oí un jadeo. Pensé mal, la verdad, y miré. Porque así somos las personas, ¿no? Y no vi nada. Creí que vería algo sórdido en su habitación, que la vería sobre la cama junto a algún tío bronceado (recuerdo que sentí vergüenza de mi palidez al pensarlo, y asco). Pero, no vi a nadie. Agucé el oído y me di cuenta de que el jadeo no era de ese tipo. Luego la oí gritar. Su madre tardó un rato en acudir, y luego… Bueno, la primera ambulancia. Estuvo ausente dos semanas.
Entonces empecé a mirar hacia su ventana a diario, siempre que estaba en mi habitación. Giré el escritorio y la silla para poder ver su ventana, y cuando la veía aparecer me acercaba para poder mirar con detalle, pero con cuidado de que ella no me viera. Si teníamos las ventanas abiertas hasta podía oler su perfume cuando se lo echaba.
Nunca ha llevado el pelo largo, siempre con melena corta tipo bixie bob, o como mucho jaw bob. Con su hermosa nuca al aire, y esa especie de terciopelo infantil que ella a veces se acaricia cuando lee.
Ahora es casi un pixie, todavía más corto, porque suda mucho por culpa de la medicación y la bañan casi a diario. Me he imaginado muchas veces pasándole la esponja por el cuerpo, ella sentada en la bañera, muy quieta, mirándome con esos ojos oceánicos, oscuros y húmedos. Quieta, y la esponja chorreando agua caliente por sus hombros, el pelo pegado al rostro como si fuera un pañuelo, y todas las pequeñas pecas y manchas de sus brazos, escote y pómulos brillando. Ella sentada con las piernas dobladas intentando taparse de mi vista… No puedes, ya lo he visto todo. Yo le aparto los brazos con suavidad y ella se deja pasar la esponja.
Desde la primera vez que se desmayó y no tuvo fuerzas para levantarse, no he dejado de mirar por la ventana. Me gusta su fragilidad. Me gustan las curvas involuntarias de su cuerpo, que no ceden ante la enfermedad.
Ella no se preocupaba de pasar las cortinas. Lo he visto todo. Hasta su soledad. Hasta su aliento nocturno entrecortándose en los peores días, cuando pareció que se iba.
Sé lo que tiene porque hay otra ventana donde cuenta casi todo, la ventana de las redes sociales. Pero desde mi ventana se ven más cosas. Se ve su voz temblando cuando su madre tarda en acudir a su llamada; se ve la falta de sonrisa al despertar; el miedo en el espejo, el sudor en invierno y la piel erizada en agosto. Se ve la mano apagando la radio cuando una canción habla del futuro juntos… Se ven los libros del colegio cerrados sobre el escritorio. Y veo sus dibujos colgados en la pared. Cada semana cuelga uno.
Yo cuelgo fotos suyas, pero sólo por la noche. Por la mañana las quito. Pongo una foto y el flexo iluminándola durante una hora. De diez a once. Casi siempre se dejan una rendija de las cortinas por correr, y creo que ella puede mirar y ver su foto. Son fotos preciosas, de sus ojos, su espalda, su pelo, sus manos… Incluso una vez me atreví a poner una foto de sus pechos, pero ese día la cortina estaba completamente cerrada. La tuve toda la noche iluminada. Casi me pilla mi madre a la mañana siguiente. Pero, me dio tiempo a arrancarla antes de que entrara. Se rajó de arriba a abajo.
No sé hacer nada más. Yo soy un gilipollas feo, raro y lechoso. No le sirvo como aliciente de vida, igual hasta le deprime más saber que el guarro de su vecino le espía. No podría ni tocarle, porque me da asco el contacto humano, pero sí puedo bañarla imaginariamente (habiendo agua y jabón por medio, me resulta más fácil; incluso placentero). Pero, supongo que es de guarros espiar, y más cuando se desnuda.
Cuando se desnudaba. Ahora la desnudan y con las cortinas echadas. Y yo solo consigo verla cuando la dejan sobre la cama con el albornoz.
Cuando se queda sola, se desabrocha ligeramente el albornoz y se quita la toalla de la cabeza, dejando que el pelo corto y mojado le chorree por el cuello desnudo y por el escote. Y yo le hago fotos a las gotas, a las lágrimas, a la desesperanza. En verano, me da miedo que oiga el click de la cámara, y pongo música. A veces ella mira hacia mi ventana por culpa de la música. Durante unos días puse Youth, de Daughter, tras colgar la foto. Pero, la tercera noche vi que miraba y me dio miedo.
Si fuese capaz de imaginarme algo más… Pero, no puedo.
Todo se queda en hermosas fotos de una muerte anunciada y expuesta, de diez a once.
Reto de Mayo de 2026
María López Sariñena
Comentarios
Publicar un comentario
Tu oipinión es importante. Déjala aquí.